martes, 2 de febrero de 2021

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LOURDES.


 

Desde SALUTARIS HOSTIA

 

  

La novena tiene el Imprimátur emitido por el Gobierno Eclesiástico de la Archidiócesis de Buenos Aires en 1926.

 

 

COMENZAMOS: 2 de febrero.

 

FINALIZAMOS: 10 de febrero.


 

APARICIÓN: 11 de febrero de 1858 en Lourdes.

 

 

  

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

  

ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

 

 

Señor mío Jesucristo, Redentor amoroso de las almas, que te dignaste enviar a la tierra a tu Madre Inmaculada para que fuese la mensajera de tu misericordia, anunciando a los hombres la penitencia, me postro humilde a tus pies, e imploro con profundo arrepentimiento el perdón de mis innumerables culpas. Para comprender el precio de la gracia y el amor que te inspira un alma sin mancha, me basta contemplar la incomparable hermosura de la cual te dignaste revestir a tu Madre purísima. Por lo mucho que el pecado ofende a tu bondad infinita y por lo mucho que deseo amarte, me pesa, pues, de corazón por haberte ofendido y manchado mi alma creada a tu imagen y semejanza. Derrama, Señor, sobre mí tu misericordia; yo, ayudado con tu gracia, haré la penitencia que, en tu nombre, me pide tu Santísima Madre; me haré digno de tu perdón y mereceré la perseverancia en tu santo amor y servicio hasta el fin de mi vida. Amén.

 

 

  

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA TODOS LOS DÍAS.

 

 

Al presentarme ante tu imagen sagrada, ¡oh Inmaculada y bondadosa Madre!, para honrarte en esta novena, bajo el nombre bendito de Virgen de Lourdes, cumplo con el deseo que manifestaste a todos tus hijos por medio de Bernardita, la hija predilecta de tu amor. Quisiste ver a las muchedumbres postradas a tus plantas y para atraerlas más eficazmente, nos hiciste entrever los esplendores del Cielo, mostrándote en toda la hermosura de tu eterna juventud. Como la paloma del Cantar de los Cantares, te asomaste a las aberturas de la piedra, a la Gruta de la montaña, y el mundo contempló admirado los reflejos de tu resplandeciente rostro y oyó los ecos de tu voz dulcísima. Confirmando con tu palabra venida del Cielo la palabra del Pontífice Supremo que acababa de proclamarte, a la faz de la tierra, Inmaculada en tu Concepción, llenaste su corazón de consuelo y al mundo Católico de júbilo. Las lágrimas y los gemidos de tus hijos, agobiados bajo el peso de sus miserias, llegaron hasta el trono de tu misericordia, y llevada de tu inmensa compasión, acudiste presurosa para sanar sus cuerpos y sus almas. Mandaste, y luego de la tierra dócil salió el agua benéfica y cristalina, cuya misteriosa virtud devuelve vista al ciego y palabra al mudo, vida a los miembros muertos, imagen sensible de la gracia que, pasando por tu Corazón, transforma y resucita a las almas.

  

A tus pies vengo, pues, ¡oh Madre amante!, para escuchar tu voz, exponer mis necesidades y solicitar tus maternales favores. Bernardita era pura cuando se acercaba a la Gruta donde tú la atraías: yo, que soy criatura tan culpable, ¿me atreveré a acercarme al trono de la pureza que rodean los ángeles del Cielo? Tu bondad para con los pecadores me alienta, ¡oh María! Dadme luz, ¡oh Reina de la Sabiduría!, cúbreme con el manto de tu maternal protección, para que en esta novena comprenda tus enseñanzas, me someta a tus consejos, los practique con amor, aleje de mi alma la ira de Dios y merezca en cambio su gracia y su amor. Amén.

 

 





 

DÍA PRIMERO – 2 de febrero.

 

 

MEDITACIÓN: PRIMERA APARICIÓN DE LA VIRGEN A BERNARDITA

 

 

Era Bernardita una niña desconocida del pueblo de Lourdes, en Francia. Inocente y piadosa, había llegado a la edad de 14 años, sin hacer su primera comunión, por haberse criado lejos de la casa de sus padres.

 

El día 11 de febrero de 1858 salió a buscar un poco de leña acompañada de otras dos muchachas, y se dirigió hacia la gruta de Massabielle. Al llegar al pie de dicha gruta, la niña oyó un ruido sordo semejante a un viento recio. Miró, y no vio nada. Ni los árboles se movían. “Me habré equivocado”, pensó. Tras pocos instantes, el ruido misterioso se volvió a oír. Alzó la niña la vista, y miró hacia la gruta y quiso dar un grito, pero la emoción apagó su voz. Atónita ante el espectáculo que contempla, cae de rodillas. ¿Qué ha visto? En medio de una luz deslumbradora, una Señora prodigiosamente bella aparece a los ojos de la muchacha. Va vestida con traje blanco, resplandeciente, ajustado el talle con ceñidor de color celeste. Un largo y ancho velo blanco cae de la cabeza hasta el suelo y envuelve en sus pliegues su cuerpo. Sus pies, de virginal pureza, están desnudos, pero adornados con rosas de oro. La dama tiene juntas las manos en la actitud de la más fervorosa oración. De sus brazos cuelga un precioso rosario.

 

Al contemplar esta celestial visión, el corazón de la niña parece derretirse en dicha y emoción. Bernardita buscó su rosario y quiere hacer la señal de la cruz, mas su brazo está paralizado. Entonces tiene miedo. Mas al momento la Visión, tomando en su mano la cruz de su rosario, hace con ella la señal de la cruz. Imítala Bernardita, y al ver las cuentas del rosario correr entre los dedos de la Señora, la niña reza su rosario hasta el fin, con inefable devoción. Al fin, la Señora extiende su brazo, sonríe con dulzura y desaparece.

 

La Virgen María, pues era Ella, ha vuelto otra vez al secreto impenetrable de los Cielos.

 

Réstanos ahora considerar cuán agradable debe ser a María la sencillez y la pureza, pues escoge para mensajera de sus voluntades para con los hombres, a la más inocente y más sencilla de las tres compañeras que han ido a la gruta. Y en efecto, escrito está: Bienaventurados los limpios de corazón, sólo ellos son capaces de ver a Dios y de comprender las cosas del Cielo.

 

—Aquí se medita y se pide la gracia que se desea conseguir. En seguida se anuncian las intenciones generales: La Santa Iglesia, la Patria, los gobernadores eclesiásticos y civiles, la enseñanza católica, la salud de los enfermos, y la conversión de los pecadores.

 

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES: Ruega por nosotros. (Cinco Padrenuestros, con sus respectivas Avemarías y Glorias)

  

SALUD DE LOS ENFERMOS: Ruega por nosotros. (Cinco Padrenuestros, con sus respectivas Avemarías y Glorias)

  

REFUGIO DE LOS PECADORES: Ruega por nosotros. (Cinco Padrenuestros, con sus respectivas Avemarías y Glorias)

 

 

  

Oración del día primero

 

 

¡Nuestra Señora de Lourdes! En memoria de esa primera aparición, cuya verdad atestiguarán tantos posteriores sucesos, en nombre del misterioso silencio que cerraba vuestros benditos labios, en nombre de la modestia de vuestros vestidos, en nombre de la elección que hicisteis de una gruta desierta para manifestaros a las miradas de la inocencia: dadnos el amor al retiro, a la simplicidad y al silencio; que aprendamos a huir del bullicio, de la agitación, del lujo, de cuánto separa de la gracia de Dios. Refrenad la libertad de nuestra lengua, recordad siempre a nuestra conciencia que de todas nuestras palabras debemos dar cuenta en el Juicio final. Curad nuestras extremas delicadezas y nuestras vanidades ridículas, nuestro apego insensato a la moda del día, a los adornos, a las joyas, a los muebles inútiles, a las frivolidades de toda especie, al afeminado deseo de bien parecer. Curad nuestro culpable amor por las pompas de satanás, a las que hemos renunciado en nuestro bautismo y que sólo son dignas de nuestro desprecio. Haced que comprendamos la verdadera riqueza de la pobreza.

 

Curad nuestra loca estimación por el mundo y hacednos siempre recordar que Jesucristo no ha rogado por el mundo y ha maldecido su espíritu. Además del amor al retiro, a la pobreza y el silencio, os suplicamos nos concedáis el amor a la oración. ¡Oh María!, en memoria del Rosario que vio Bernardita en vuestras sagradas manos, enseñadnos a invocaros con esa piedad filial que todo lo consigue y a deciros con los mismos sentimientos que el Ángel Gabriel y que los fieles corazones: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

  

 

 

PRÁCTICA: Hacer despacio, bien y con mucha devoción la señal de la cruz.

 

 

  

GOZOS EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

  

Virgen Santa Inmaculada,

De la Gruta misteriosa,

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Allá en las verdes riberas

Donde sus aguas de plata

El manso Gave desata

Dando vida, inspiración.

A la sombra de sus bosques

La humilde Lourdes reposa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

De verduras tapizadas

Se levantan sus montañas

De cuyas ricas entrañas,

Con admirable primor,

Se desprende una ancha Gruta

Que cubre silvestre roca.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Hacia las faldas del monte

Subió un día Bernardita,

La aldeana de Dios bendita

Por sus gracias y candor,

A formar haces de leña

Que diera fuego a su choza.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Súbitamente a la Gruta

De luz un rayo ilumina,

Y en una aureola divina

Más esplendida que el sol,

La reina del Cielo y tierra

Su planta en la roca posa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

“No temas, hija querida,

Levanta a mí tu mirada,

Soy María Inmaculada,

Soy la Madre de tu Dios

Por teatro elijo este sitio

De mi mano portentosa”.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Dijo la Virgen, y envuelta

Por los pliegues de una nube

Al Cielo de nuevo sube

Que a su paso se entreabrió:

La aldeana vuelve a la vida,

De placer su alma rebosa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Al pie de esta misma Gruta,

Diez y ocho veces la aldeana

De la Virgen soberana

La vista recibió,

Otras tantas desafiando

Al malvado victoriosa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Sellar quiso sus bondades

La Señora eternamente,

Con una límpida fuente

Que entre las rocas brotó,

Al contacto repentino

De la niña candorosa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

En esas aguas del cielo

El hombre encuentra la vida,

Huye la muerte aterrada,

Calma el triste su dolor,

Y en los triunfos de María

La Iglesia Santa se goza.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

El lejano peregrino

Va a postrarse ante esa roca

Donde el mundo entero invoca

Tu Divina Concepción.

¡Bendita seas, María!

Que de Dios eres Madre, Hija y Esposa.

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

  

Virgen Santa Inmaculada

De la Gruta Misteriosa,

Acoge, Madre piadosa

De tus hijos la oración.

 

 

  

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

 

 

Acabo de recibir de tus labios divinos, ¡oh piadosa Madre!, las lecciones que das a la tierra por medio de tu gloriosa y misericordiosa aparición. Para probar tu misión divina a la tierra has multiplicado, como lo hizo tu hijo Jesús, los milagros a favor de los hombres, dando la vista a los ciegos, oído a los sordos; habla a los mudos y salud completa a los enfermos agobiados por toda clase de dolor.

    

En estos enfermos, ¡oh Madre piadosa!, reconozco las dolencias de mi alma que tú has venido a sanar. En su ceguedad, ¡oh María!, mi alma se ha extraviado del camino del bien. En su sordera, ha desentendido la voz de Dios que la llamaba atrayéndola con las caricias de su gracia. En su mudez, ha dejado de alabar a Dios por sus grandezas y beneficios y agobiada por sus múltiples enfermedades, ha dejado de practicar el bien y la virtud. ¡Oh María, refugio de los pecadores y salud de los enfermos!, sana mi alma de las enfermedades que la aquejan. Guíame sin cesar por el camino del bien, haz que mi alma oiga siempre la voz de Dios y no la desatienda jamás, y que cante siempre sus alabanzas; líbrala de todas las enfermedades que la agobian, para que libre del peso de la tentación y del pecado, siga tus huellas, imite tus virtudes y te acompañe en tu vuelo hacia la patria feliz. Así sea.

 

  

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

 

 


lunes, 12 de agosto de 2019

Modo de acusarse por los diez mandamientos, asi en la Confesion particular como general. (Segundo Mandamiento) Cada mandamiento viene al final con un ejemplo. – POR EL PADRE FRAY MANUEL DE JAÉN.





Segundo mandamiento.

   En el segundo mandamiento, que es no jurar, me acuso que he jurado por Dios o por los Santos, o por algún misterio, con escándalo de mis prójimos, y también he echado otros juramentos, como decir, por el cielo de Dios, por la cruz de Dios, y otras palabras semejantes, y esto ha sido con mentira o con verdad, sin necesidad, tantas veces. Acúsome que he echado tantos votos o porvidas (juramento o imprecación que se hace jurando por la vida de Dios o de una persona, nota nuestra) al día, o a la semana, o enfadado o colérico, con personas o animales y he echado tantas maldiciones. Explicar si fueron a los hijos, o criados, o hermanos, o compañeros u otros; y si eran con intención y deseo de que les alcanzase, o con impaciencia y cólera, sin advertencia, o si juzgaba que pecaba mortalmente. Y esto mismo examinará en los votos o juramentos. También se acusará si ha hecho voto o promesa de guardar castidad o de no casarse, o no pecar en tal o tal pecado o vicio, y no haberlo cumplido. Y si fue causa, o provocó a alguno a que jurase o votase, o incitó a jurar falso, o si no lo ha hecho en vara de justicia, especialmente en algunas informaciones de hábitos, dispensas de matrimonios, hidalguía… con daño del prójimo y de los lugares. Acúsome que en mi casa tengo mala costumbre de mentar (nombrar, nota nuestra) al diablo muchas veces, como diciendo: válgate el señor diablo, válgante mil diablos, el diablo me lleve si no hiciere esto; vete con mil demonios, y otras palabras semejantes. Acúsome que no he cumplido las promesas que tengo, como alguna misa, romería, o novena, o ermita, o imagen, u otras cosas que he ofrecido, como rezos, penitencias y lo he dilatado por pereza o anidado tanto tiempo. Y también se acusará si lo ha tenido por pecado grave.

   En este segundo mandamiento se acusaran los Religiosos y Eclesiásticos de lo que hubieren faltado en el cumplimiento de sus votos.


“Fray Manuel de Jaén, Capuchino y Misionero apostólico”

Año 1819.

Modo de acusarse por los diez mandamientos, asi en la Confesion particular como general. (Primer Mandamiento) Cada mandamiento viene al final con un ejemplo. – POR EL PADRE FRAY MANUEL DE JAÉN.

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Primer mandamiento.

   En el primer mandamiento, que es amar a Dio; sobre todas las cosas, me acuso de lo que he faltado contra las tres virtudes de Fe, Esperanza y Caridad. En especial contra la fe, he tenido algunas graves tentaciones contra algún misterio, o dudado de él, y no he procurado resistir haciendo actos de fe, creyendo firmemente aquello que se me ofrecía a la imaginación; y acudiendo a Dios y a los Santos, pidiéndoles me librasen de aquel peligro. Decir si admitió deliberadamente  alguna duda acerca de algún misterio, o si disintió abiertamente a su verdad. Contra la esperanza, me acuso que he tenido algunas tentaciones de desesperación, proponiéndoseme  la gravedad de mis culpas, o por verme en algún trabajo, y no hice actos de esperanza en Dios, y de resignación y conformidad en la divina voluntad, confinando en su misericordia y en los méritos de su pasión santísima que me ha de perdonar mis culpas, y remediar mis necesidades. Contra la caridad, me acuso que no he amado a Dios como debo y nos manda su santísima ley, con todo el corazon y voluntad, ofendiéndole muchas veces, y faltando al cumplimiento de los propósitos que he hecho a su Magestad de enmendarme de mis culpas.

   También he faltado al amor que debo a mis prójimos, no teniendo igual caridad con todos, y deseándoles el bien que para mí quiero, y encomendándoles a Dios en mis oraciones. Acúsome que he creído en algunos sueños o agüeros, o rayas de manos (lectura de las manos. Nota nuestra), u otros disparates y supersticiones; o he dudado si eran o no verdad aquellas cosas que se me proponían; como si cantó el gallo o lechuza a esta o aquella hora, o pasó el abejón, y otras fábulas que suelen contar, y no las he despreciado, tantas veces poco más o menos.

   También se acusará si ha consultado hechiceros, o adivinos, o gitanas; o si lleva nóminas y oraciones supersticiosas, con las cuales cree que sabrá la hora de su muerte; o que no morirá sin. Confesion. O si ha usado de hechizos para conseguir algún mal fin. O si ha hecho curar a sí, o a sus cosas con palabras vanas y acciones supersticiosas. Y si ha leído o tiene libros prohibidos. Y si no sabe lo necesario para salvarse, como el misterio de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación, el de la Resurrección de la carne, premio o castigo que ha de haber después de la muerte, Y si acaso no sabe o entiende el Credo, el Padre nuestro, los Mandamientos y los Sacramentos, en especial los que ha de recibir. También se acusará si no sabe las particulares obligaciones de .su estado u oficio.

EJEMPLO.

   En la señal de la cruz y en el persignarse se contienen y confesamos los principales misterios de nuestra santa fe; y asi seamos todos cuidadosos en persignarnos con perfección y reverencia. Y sobre todo, encargo a las madres que a sus niños pequeños los persignen cuando los llevan de noche a dormir; porque refiere el Padre Parra, que una hechicera confesó que babia ido cincuenta noches a la cama donde había un niño, con intento depravado de hechizarle o matarle con sus maleficios, y que veía en él tales maravillas y resplandores, que no se atrevía a llegar, y sabida la causa, era porque la madre le persignaba, y esto le defendió.


“Fray Manuel de Jaén, Capuchino y Misionero apostólico”

Año 1819.






domingo, 3 de febrero de 2019

MILAGROS ADMIRABLES DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES – Por Monseñor de Segur.





NOTA: Si están enfermos no dejen de leer estos casos milagrosos de curaciones por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.


   De cómo la fe sencilla y firme de una pobre mujer de Tarbes, obtuvo desde el principio grandes favores de Nuestra Señora de Lourdes.

   He aquí algunos sucesos que se remontan a los principios mismos de las maravillas de la Gruta de Lourdes.

   Por mucho tiempo han sido ignorados del público, y acaso fueron relegados al olvido si la lectura de los Annales no hubiera hecho comprender a las personas curadas el deber que tenían de manifestarlos al público (*): Tomamos estos conmovedores relatos de los Annales de Lourdes (Marzo de 1871), que se publican con la aprobación del Obispo de Tarbes.

I

   La primera de estas personas es una humilde obrera de Tarbes llamada Francisca Majesté. No tenemos de informe más testigo que ella misma pero éste basta. Lleva impresa en su rostro la señal de un alma inocente, recta, inteligente, modesta. Su palabra es grave, y cincuenta años de una vida irreprochable y piadosa le dan autoridad.

   Cerca de tres años antes de las Apariciones de Lourdes, estuvo sujeta a suspensiones momentáneas de la vista. Ocurríale esto de repente, sin que nada hiciera presentir su aproximación; de pronto una niebla espesa cubría sus ojos y los oscurecía rápidamente, y luego la luz desaparecía. Francisca, entonces sumergida  en una noche profunda, se quedaba estupefacta; frotábase los ojos y esperaba a que apareciese de nuevo la claridad, lo que sucedía poco después. En lo demás, no sentía ningún dolor ni alteración sensible en los ojos.

   Consultó con un médico, quien después de varios experimentos, como ella le instara para saber toda la verdad, le dijo: “–Debo declarároslo; creo que no puedo nada. –Pero ¿piensa Usted que me quedaré ciega? –No sé”

   Estas respuestas eran dolorosas, pero ella las había solicitado porque prefería conocer la realidad de su situación. Desde aquel día la pobre mujer, asustada, temblaba de miedo de perder enteramente la vista.

   Ella estaba familiarizada con el dolor, porque su vida había sido una cadena casi continua de enfermedades; más de todas las pruebas pasadas ninguna la había apesadumbrado como ésta. ¡Ciega!... Antes quería morir.

   Los rumores de la Aparición de Massabielle llegaron a sus oídos. Cuando se confirmaron, creyó con fe sencilla y firme en la Providencia. “Para Dios nada hay imposible, decía, y El no permitirá que seamos así engañados.”

   Oyó hablar de curaciones milagrosas, y una vaga esperanza pasó por su corazón, pero sin inclinarla todavía a hacer el ensayo. Dijéronla varias veces: “Francisca, Usted que es tan piadosa, ¿no piensa ir a buscar su curación a la Gruta de Lourdes?”  Y ella contestaba “Todavía no siento la confianza necesaria; si Dios me la envía iré.” Hizo esfuerzos para merecerla, y Dios se la dio un día se sintió muy inclinada ir a la Gruta; la esperanza llenaba su alma, y ella, comprendiendo que esta inspiración venía de Dios, dispuso el viaje en los primeros días de Mayo de 1858.

   Francisca no había visto la Gruta. Cuando divisó la roca santificada por la presencia de la Virgen Inmaculada, su alma se conmovió profundamente. Un fervor muy sensible la inundó de gozo, y su oración era tan dulce que no podía apartarse de allí. Se lavó los ojos devotamente con el agua milagrosa y con una fe grande en su virtud sobrenatural, y mientras la bebía, su corazón decía: “¡Curaré!...”

   Desde este momento ni una sola vez, ni un solo segundo se ha ocultado la luz a sus ojos. En ninguna parte, en doce años, le ha hecho pararse la suspensión, de la vista como en otro tiempo.

   Francisca tenía también largo tiempo en una de sus rodillas un tumor como del tamaño de un huevo de pato que no la molestaba porque de ordinario no le dolía, y sólo le incomodaba algo para rezar porque entonces tenía la rodilla en el aire. Esta dificultad la hizo pensar en la Gruta, y se dijo a sí misma sin ningún sentimiento marcado: “Puesto que me hallo aquí voy también a lavar el tumor.”  Hecho esto fué a arrodillarse enteramente sin la menor molestia; pero absorta por la alegría de su oración y por el pensamiento de sus ojos, en su convicción curados para siempre, no pensó ya en el tumor. Continuaba siempre que rezaba haciéndolo hincada con ambas rodillas en el suelo, y sólo al cabo de algunos días miró su tumor. Este no existía ya, y no volvió a aparecer.

II

jueves, 8 de marzo de 2018

SOBRE LAS CRUCES – Por Cornelio Á Lápide (Parte I)



Necesidad de las cruces.


   Todos   los  que  quieren   vivir  virtuosamente  según  Jesucristo, han de padecer persecución, dice San Pablo: (II. Tim. III.  12).

   Preguntaréis tal vez qué  significan estas palabras,  pues  muchas almas piadosas y cristianas observan tranquilamente y sin persecución una vida  santa. San  Crisóstomo responde  que por persecución debemos entender todas las dificultades, los  trabajos y dolores que experimentan los que se aplican a la piedad,  a causa de los esfuerzos que  se ven precisados a hacer para poner un freno a sus pasiones, practicar la  continencia,  la  humildad, la templanza, y aplicarse al servicio y al amor de Dios.  (Homil, de Cruce).

   Jamás, dice San León, faltan cruces ni persecuciones, si somos fieles observadores de la virtud. Y como hemos de vivir en todo tiempo piadosamente, añade este santo Doctor, también en todo  tiempo hemos de llevar la cruz.

   San Agustín dice que las almas fervientes sufren por la mala vida do los impíos.  (De Morib).

   Asi sucedía con el Rey Profeta, que decía: Veíalos prevaricar y me consumía de dolor: (CXVIII.158).


   Por otra parte, las almas piadosas sufren muchas veces las burlas que les dirigen  los  impíos...

   Pero por persecución es preciso entender sobre todo las tentaciones del demonio. Por esto dice  el Eclesiástico: Hijo mío, cuando te dispongas a entrar al servicio de Dios, persevera firme en la  justicia y en el temor, y prepara tu alma para la  tentación: (II. 1). Es imposible, dice San  Crisóstomo, que el que hace la guerra a los malos espíritus esté al abrigo de las vejaciones: (Homil, de Cruce). No le es lícito al  atleta de Dios buscar las delicias; no les es lícito a  los  combatientes entretenerse en  festines. Y la vida presente es un combate, una lucha, una guerra, una persecución, un camino  sembrado de lazos, una arena ardiente. Otra época será la del reposo; el tiempo actual es el de las  cruces......

viernes, 23 de febrero de 2018

lunes, 12 de febrero de 2018

De las enfermedades por comparación a los premios del cielo que esperamos – Por el Padre Luis de Lapuente.



   Lo primero has de considerar, que la sabiduría de nuestro gran Dios y Señor, como dispone todas las cosas de esta vida mortal en número; peso y medida, del modo que se ha visto, así también ordena las que pertenecen a la vida eterna; pero de tal manera, que el número, peso y medida de los trabajos de esta vida, es breve, finito y moderado: más el de los premios tiene un modo de inmensidad e infinidad eterna con tanto exceso, que quien los conoce abraza con sumo gusto cualesquiera trabajos, por grandes y largos qne sean, pareciéndoles muy pequeños y breves como expresamente lo enseñó el Apóstol cuando dijo: Las aflicciones de este tiempo no son dignas de la gloria que se descubrirá en nosotros, y nuestra tribulación momentánea y ligera en esta vida produce sobre toda medida un peso eterno de gloria en el cielo; de donde claramente puedes sacar, que si tus trabajos te parecen largos y grandes, es porque no tienes la estima y amor que debes de los premios eternos; porque si estimaras el premio en mucho, tuvieras los trabajos en poco; y si amaras mucho a Dios, sintieras poco el trabajo con que se busca; y si el amor de Raquel hizo que el trabajo muy largo y penoso le pareciese a Jacob corto y suave, también el amor de la vista clara de Dios y de su amorosa contemplación te endulzaría la enfermedad de tal manera que aunque fuese larga, te pareciese breve; y aunque fuese penosa, la tuvieses por suave. ¿Quién de los apóstoles padeció más trabajos que San Pablo? ¿Quién más tribulaciones y persecuciones? ¿Quién más necesidades y enfermedades, hasta darle de bofetadas el ángel de Satanás con el aguijón de su carne, ora este aguijón fuese algún dolor agudo de ijada, o alguna tentación fuerte de la carne, o alguna persecución terrible de la gente de su linaje? Pero esto, y todo lo que padeció por largos años, le pareció tan breve, y tan ligero, que lo llama momentáneo cosa que dura un momento, y se pasa en un instante, y apenas es sentido, cuando ya se ha ido; porque la grandeza del amor de Cristo, y la grande estima del premio eterno, se lo hacía llevadero todo.

sábado, 20 de enero de 2018

A JESÚS CRUCIFICADO PARA ALCANZAR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE




   Estas oraciones están tomadas de la parte final del libro “Preparación para la muerte” de San Alfonso María de Ligorio. (Biblioteca del Apostolado de la Prensa – año 1914) pero no pertenecen al Santo, sino a una joven protestante convertida al catolicismo. Es una bella y muy edificante oración. Yo diría casi una poesía.

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   Compuso estas preces una joven protestante que se convirtió a nuestra Religión católica a los quince años de edad, y murió a los dieciocho en olor de santidad. Pío VII y León XII concedieron cien días de indulgencia por cada día que se recen dichas oraciones, y una plenaria si se rezan diariamente durante un mes, todas aplicables a las almas del purgatorio. — (N. del T.)

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   Jesús, Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia, me presento delante de Vos con el corazón contrito, humillado y confuso, encomendándoos mi última hora y la suerte que después de ella me espera.

   Cuando mis pies, perdiendo el movimiento, me adviertan que mi carrera en este mundo está ya para acabarse,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis manos trémulas y torpes no puedan ya estrechar el crucifijo, y a pesar mío le dejen caer en el lecho de mi dolor,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis ojos, apagados y amortecidos por el dolor de la muerte cercana, fijen en Vos miradas lánguidas y moribundas,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis labios fríos y balbucientes pronuncien por última vez vuestro santísimo Nombre,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi cara pálida y amoratada cause ya lástima y terror a los circunstantes, y los cabellos de mi cabeza, bañados del sudor de la muerte, anuncien que está próximo mi fin,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de Vos la irrevocable sentencia que determine mi suerte por toda la eternidad,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi imaginación, agitada de espantosos fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado del temor de vuestra justicia, a la vista de mis iniquidades luche contra el enemigo infernal que quisiera quitarme la esperanza en vuestra misericordia y precipitarme en el abismo de la desesperación,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi corazón débil, oprimido por el dolor de la, enfermedad, esté sobrecogido del dolor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como sacrificio expiatorio para que muera víctima de penitencia, y en aquel momento terrible,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor de mí, lloren al verme en el último trance y os rueguen por mi alma,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando perdido el uso de los sentidos desaparezca de mí toda impresión del mundo, y gima entre las postreras agonías y congojas de la muerte,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis últimos suspiros muevan a mi alma a salir del cuerpo, recibidlos como señales de mis santos deseos de llegar a Vos, y en aquel instante,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi alma se aparte para siempre de este mundo y salga de mi cuerpo, dejándole pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un tributo que desde ahora ofrezco a vuestra divina Majestad, y en aquella hora,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por vez primera el esplendor inmortal de vuestra soberana Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia, sino dignaos recibirla en el seno amoroso de vuestra misericordia a fin de que cante eternamente vuestras alabanzas,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

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