miércoles, 11 de febrero de 2026

APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES EN 1858.

 


Jueves, 11 de febrero 1858



    Once de febrero de 1858, Lourdes y sus contornos estaban soñolientos bajo un cielo gris y triste. Un frío intenso, punzante entraba por las fisuras de la ventana de la celda.

    En un rincón de ella, Francisco Soubirous yacía en cama enfermo; la lumbre se había apagado, no había leña, Bernardita y su hermana María Antonieta decidieron ir a recogerla a orillas del río, o en la propiedad comunal.


    Demasiado mal tiempo, observó la mamá, para ti Bernardita que tienes tos, podrías enfermarte. 


   Oh! yo salía en Bartrés aún con tiempo así, responde dulcemente la niña. En ese momento entra una jovencita de 15 años, llamada Juana Abadie, cuando oyó de qué se trataba.


   -Oh! yo voy también grito saltando de alegría, y golpeando las manos.  Enseguida estuvo de vuelta, diciendo que sus padres le habían dado permiso para ir al bosque. Las chicas tanto suplicaron y rogaron que la madre al fin consintió, con la condición de que Bernardita se cubriera con su capuchón de lana blanca.

    El tiempo se mantenía gris, caía una llovizna fina que helaba.

    Las tres chicas estaban demasiado ocupadas, en buscar ramas secas y huesos, para advertir la garúa y el frío. Ya habían pasado la calle que corre a lo largo del cementerio y donde generalmente se encontrába leña. Continuaron, descendieron por la costa que conduce al Ponte Vecchio sobre el Gave y haciendo alto quisieron convenir hacia donde irían, si hacia el curso superior del río o siguiendo la corriente.

   Brincando, bien pronto llegaron a la bajada que hoy conduce a la Basílica, atravesaron el canal de Savy por un puente de madera que no estaba lejos del molino del mismo nombre y entraron en el prado. De repente, la primogénita de Soubirous se detuvo, un escrúpulo la asaltaba: ¿si la tomaban por ladrona? Y pronto le ocurre una idea infantil. ¿Oigan si fuéramos a ver dónde termina el canal?... Dicho y hecho: se encaminaron por la orilla del arroyo. Aquí el prado iba poco a poco estrechándose y venía a terminar casi en punta: después las chicas no pudieron avanzar más. Se encuentran sobre un banco de arena y piedra el lugar donde el canal se echa en el Gave. Allí a su frente, al pie de una roca quebrada y casi a pico se abría una cavidad poco profunda entre los arbustos y la hiedra que aparecía como media cúpula irregular y sobre ella, a, la derecha, mía, entrada formaba un camino inclinado que llevaba a una abertura ojival por la que penetraba la luz.

    Las chicas miraron con curiosidad. ¡Qué suerte! en la, gruta, había ramas secas que el Javo, había dejado en. la, última creciente y también había huesos; además estando en reparación el molino de Savy, las compuertas del canal estaban cerradas y no dejaban pasar más que un hilito de agua; podrían atravesarlo sin dificultad.

    Juana y María Antonieta no pensaron mucho, como no tenían medias entraron en la escasa corriente con los zuecos en la mano. ¡Qué fría está el agua! Gritaron. Allí el agua era más profunda de lo que parecía y subieron más el vestido para no mojarlo. Bernardita, escandalizada, gritó a la hermana.


    — ¡Qué haces María!, deja más bien que se te moje la pollera.

    La hermana obedeció y con la compañera entraron en la gruta donde se acurrucaron para calentarse los pies.

    Bernardita indecisa no sabía que hacer; temía, que el agua fría la enfermara. Llamó a su hermana y a Juana para que la ayudaran a tirar piedras en el canal de modo de poder pasarlo sin mojarse los pies.


    —Has como nosotros, le respondieron las dos. Pero María Antonieta tuvo compasión de su hermana tan delicada por su mal y se ofreció para llevarla cargada. No, gracias, dice Bernardita, eres muy chica y caeremos las dos al agua... pero si Juana quisiera... Esta era más alta y más robusta, pero aun ofendida por lo de las polleras le dijo: —No eres más que una llorona y una cargosa. Si no quieres pasar, quédate.


   Hola! Responde Bernardita seriamente, si quieres pelear anda a otra parte y no aquí…


   — ¿Y porque no aquí como en cualquier parte?


   —Vamos estas muy mal y harías mejor en rogar al buen Dios.


    Juana de despecho, como confesó más tarde, recoge los huesos y las ramas y arrastra consigo a María Antonieta a lo largo de la orilla del Gave. Ya están lejos…

    Cansada de esperar, Bernardita, probó de tirar grandes piedras en el canal, pero el agua muy profunda, pasaba sobre ellas.

    Fué a mirar más lejos, si la corriente se estrechaba. En vano, retornó a la gruta decidida a pasar también ella, el arroyo descalza. Era mediodía.

    Pero dejemos aquí la pluma a la misma Bernardita: en sus apuntes íntimos, una sencillez deliciosa y natural brilla sobre cada palabra como la gota de rocío sobre la hoja de la hierba.

“Me había sacado solo una media, cuando oí un rumor como una ráfaga de viento. Miré hacia el prado y noté que las hojas de los árboles, no estaban agitadas. Continué descalzándome y de nuevo el mismo rumor, levanté la cabeza hacia la gruta y vi una Señora vestida de blanco. Ante esa visión me sobresalté y creyendo soñar me froté los ojos. Pero yo veía siempre a la Señora. Entonces saque del bolsillo el Rosario e intente hacer la señal de la cruz; pero mi mano no pudo llegar hasta la frente. Aumentaba mi sorpresa y temor. La Señora tomó el rosario que tenía en las manos e hizo la señal de la Cruz. Traté de hacer lo mismo y esta vez lo conseguí. Sentí enseguida desvanecer esa turbación que me había invadido, me arrodillé y recé el Rosario frente a la Señora bella. Cuando hube terminado, me hizo señal que me aproximara, pero yo no osé y Ella desapareció”. 




    A sus amigos Estrade, ella dijo muchas veces: “Mirando hacia la gruta yo vi en una abertura de la roca, que un rosal silvestre, uno solo, se agitaba, como sacudido por un gran viento. Casi al mismo tiempo salió del interior una nubecita dorada y poco después apareció una Señora joven y bella, de una belleza como yo jamás vi igual. Se detuvo en la abertura, sobre el rosal, me miro, me sonrió, me hizo señal que me acercara como si, como si hubiera sido mi madre. La Señora estaba allí sonriéndome y haciéndome entender que yo no me engañaba. Me dejó rezar sola mientras los dedos hacían pasar una por una, las cuentas del rosario y sus labios quedaban unidos; solo al fin de cada decena su voz se unía a la mía para decir: “Gloria Patri et filio et Espiritui Sancto”. 




    No era pues un fantasma vaporoso e  indefinido lo que Bernardita veía: era un ser viviente que cambiaba de posición, se inclinaba, saludaba y hacía la señal de la Cruz. Era una señorita, es decir una señora muy joven era una “Madam” o una “Madamisela”, no más grande que yo, decía Bernardita, la que como sabemos era, baja para su edad. Usaba un vestido blanco, largo hasta los pies, de los que solo dejaba, ver las puntas; tenía, en el cuello una cinta blanca que caía hasta el pecho. Su cabeza cubierta por un velo blanco que cubría también espalda y brazos y llegaba al ruedo del vestido. Sobre cada pie una rosa amarilla refulgente como el oro, parecían pegadas al ruedo. El cinturón azul largo como tres veces mi mano, que después del nudo caía hasta debajo la rodilla. La cadena del rosario amarillas como las rosas, las cuentas blancas grandes y muy distanciadas. La “muchacha era muy jovencita, viva, circundada de luz”.

    Desaparecida la visión, la chica se halló de rodillas sobre las piedras, vecinas al lugar donde moría el arroyuelo. Miro aun pero  el encanto había desaparecido, vacía la ojiva y la roca fría y muda. Fué presa de una gran tristeza, hubiera querido seguir viendo y quedarse allí para siempre. Juana y María Antonia estaban de vuelta, cada una con un hacecillo de leña.


    Mira —dice María— Bernarda reza.


    Oh, loca —dice Juana— que linda idea, venir hasta aquí a rezar. ¿No basta rezar en la iglesia? Dejémosla esta no sabe hacer otra cosa más que rezar. Diciendo así la hermana le tira dos piedritas. Bernarda no se mueve, sus ojos están dirigidos al nicho.


    María Antonia grita entonces—¡Bernarda está muerta!


   Pero no, no está muerta, si lo estuviera habría caído al suelo dice Juana.


    Bernardita al final se levantó


    — ¡Oh animal! —grito la hermana ir a rezar sobre las piedras. Santurrona e inútil  añade Juana. ¿Quieres o no venir con nosotras?


    —Las oraciones— responde dulcemente la pastorcita—están bien donde se hagan.


    Sin prestar atención a lo que hubiera podido añadir, Juana y María Antonieta para sacarse el frío, se pusieron a correr y saltar frente de la gruta; Bernardita se sacó la otra media y entro en el arroyo.


   — ¡Que mentirosas —exclamo porque gritaron si el agua del canal no estaba fría como me dijeron, está caliente como la de lavar los platos.


   —Bueno esta —responde María Antonieta — ¿no viste que nuestros pies estaban hinchados y amoratados? Y las dos, Juana y María Antonieta se agachan para tocar los pies de Bernardita. Estaban calientes.


    —Bien afortunada de sentir caliente esa agua, nosotros la hemos encontrado muy diferente.


    Bernardita se calzó y hechos tres hacecillos de ramas recogido tomo el suyo y comenzaron la vuelta.

    Subieron la, ruda, pendiente de Massabielle y encontraron el sendero del bosque.


    En el camino —dice— pregunté a mis compañeras si habían visto algo.


    “No” responden — ¿Y tú?


    —Oh! no si Vds. no vieron nada, yo tampoco.

   “Yo quería estar callada y no contar nada, pero ellas insistieron tanto que me decidí a contarles con la condición de no decir a nadie.

    Me prometieron guardar el secreto; pero en cuanto llegaron a la casa se apuraron a revelar todo.”


    Aquí termina la narración de la primera aparición tal como la describió más tarde Bernardita.

   Por María Antonia sabemos lo que ocurre la tarde de ese día.


    “Llegadas a casa tiramos los haces junto a la ventana y después de haber comido, mi madre me llamó cerca de la ventana para peinarme.

    Me quemaba la lengua, hubiera querido detallar todo enseguida pero mamá al oírme suspirar una y otra vez y decir “mah” y después “¡hum!”


   — ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes ? me preguntó.


   Entonces todo de un golpe dije lo que había oído a Bernardita. “¡Ay pobre de mí!” gritó mi madre turbada y pesarosa. ¿Qué diablos me cuentas? y llamó a Bernardita quién repitió la narración. Se enojó mucho y dijo a Bernardita: “Son tus ojos los que te han engañado! será alguna piedra blanca que tú habrás visto”.


   “No —respondió Bernardita— Ella tiene un rostro bellísimo”.


   —Es necesario rogar a Dios — agrega mi madre. Puede ser que sea el alma de alguno de nuestros parientes que está en el purgatorio. Mientras tanto prohibió severamente volver a la gruta.


    Mi padre estaba en cama, enfermo; se enojó el también y creyendo que hubiera algo grave dijo a Bernardita: Lindo! tú también quieres empezar a hacer tus truhanería”.


    La buena chica se turbó. Por todo el oro del mundo no hubiera querido disgustar a sus padres, ni desobedecerlos. Esa noche en el momento de la oración, rompe en sollozos.


    — ¿Qué tienes? pregunta la mamá ansiosa.


    — “Nada, siento necesidad de llorar”.


    Cuando se tranquilizó un poco por delicadeza y escrúpulo de conciencia, quiso que se comenzase de nuevo la plegaria.

    Fué a la cama, pero no pudo conciliar el sueño.


   “Volvía, siempre a mi memoria la imagen de aquella Señora, tan bella y gentil, y las palabras de mamá no lograron convencerme que yo me hubiera engañado”.
 

    En tal circunstancia, en un triste día de invierno, a una chica pobre ignorante, desconocida del vulgo y de los hombres de ciencia que se le aparece una Señora, en una nube de oro, joven, bella, sobre todo bella y gentil más que ninguna otra cosa en el mundo.






“SANTA BERNARDITA SOUBIROUS”
HIJAS DE SAN PABLO-1940.



jueves, 17 de abril de 2025

SANTA BERNADETTE SOUBIROUS —16 de abril.

 


 

   Nació en Lourdes (Francia) en 1.844, Hija de padres supremamente pobres. En el bautismo le pusieron por nombre María Bernarda (nombre que ella empleará después cuando sea religiosa) pero todos la llamaban Bernardita.

 



POBREZA Y MALA SALUD


   Hija de un molinero pobre llamado François Soubirous y de Louise Castèrot, Bernadette fue la primera de nueve hijos. En su infancia trabajó como pastora y empleada doméstica. El padre fue arrestado acusado de robar harina, pero fue absuelto.

   Durante los primeros diez años vivió en el molino de Boly (donde nació).

   Más tarde, atravesando graves dificultades económicas, la familia se trasladó a Lourdes donde vivió en condiciones miserables, alojando el edificio de la antigua cárcel municipal que había sido abandonado poco antes.

 

   Sus padres vivían en un sótano húmedo y miserable, y el papá tenía por oficio botar Ia basura del hospital. La niña tuvo siempre muy débil salud a causa de la falta de alimentación suficiente, y del estado lamentablemente pobre de la habitación donde moraban. En los primeros años sufrió la enfermedad del cólera que la dejó sumamente debilitada. A causa también del clima terriblemente frío en invierno, en aquella región, Bernardita adquirió desde los 10 años la enfermedad del asma, que al comprimir los bronquios produce continuos ahogos y falta de respiración. Esta enfermedad la acompañará y la atormentará toda su vida. AI final de su existencia sufrirá también de tuberculosis. En ella se cumplieron aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre, el árbol que más quiere, más lo poda (con sufrimientos) para que produzca más frutos”. (Jn 15).

 

IGNORANTE… PERO NUNCA MENTIROSA

 

En Bernardita se cumplió aquello que dijo san Pablo: “Dios escoge a lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir las vanidades del mundo”. Bernardita a los 14 años no sabía leer ni escribir ni había hecho la Primera Comunión porque no había logrado aprenderse el catecismo. Pero tenía unas grandes cualidades: rezaba mucho a Ia Virgen y jamás decía una mentira. Un día ve unas ovejas con una mancha verde sobre la lana y pregunta al papá:

   —¿Por qué tienen esa mancha verde? El papá, queriendo chancearse, le responde:

   —“Es que se indigestaron por comer demasiado pasto”. La muchachita se pone a llorar y exclama:

   —“Pobres ovejas, se van a reventar”. Y entonces el señor Soubirous le dice que era una mentirilla.

Una compañera le dice:

   —“Es necesario ser muy tonta para creer que eso que le dijo su padre. era verdad”. Y Bernardita le responde:

   —“¡Es que como yo jamás he dicho una mentira, me imaginé que los demás tampoco las decían nunca!”.

 

LAS APARICIONES


   En Lourdes, ciudad de unos cuatro mil habitantes, el 11 de febrero de 1858, Bernadette dijo haber visto una aparición de Nuestra Señora en una gruta llamada «massabielle», que significa, en el dialecto local - «piedra vieja» «roca vieja» - junto a la orilla del río Gave, aparición que en otra ocasión se le presentó como la «Inmaculada Concepción», según su relato.




   Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16 de julio del mismo año, la Santísima Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita.

Nuestra Señora le dijo: “No te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra”. Y así sucedió. La vida de la jovencita, después de las apariciones, estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con todo esto fue adquiriendo un grado de santidad tan grande que se ganó enorme premio para el cielo.

 

   Mientras el asunto era sometido al examen de la jerarquía eclesiástica, que actuaba con escéptica prudencia, en la gruta de “Massabielle” se verificaban curas científicamente inexplicables.

 

El 25 de febrero de 1858, en presencia de una multitud, con motivo de una de sus visiones, apareció bajo las manos de Bernadette una fuente que mana agua hasta el día de hoy en un volumen de cinco mil litros por día.

 


   Según el párroco del pueblo, el padre Dominique, que la conocía bien, era imposible para Bernadette saber o tener conocimiento de lo que significaba el dogma de la “Inmaculada Concepción”, recientemente promulgado por el Papa.

 

   Ella afirmó y defendió la autenticidad de las apariciones con una audacia y firmeza inusuales para una adolescente de su edad, de temperamento humilde y obediente, de nivel educativo y de estatus socioeconómico, frente a la opinión general de todos en la localidad: su familia, el clero y las autoridades públicas.

 


   Por parte de las autoridades civiles fue sometida a métodos de interrogatorio, coacciones e intimidaciones que hoy serían inaceptables.

 

   Sin embargo, nunca dudó en afirmar con plena convicción la autenticidad de las apariciones, lo que hizo hasta su muerte.

 

SIEMPRE POBRE

 

   Las gentes le llevaban dinero, después de que supieron, que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que ella jamás quiso contar a nadie.

 

   Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dineros ni regalos de nadie, y el otro, que no hiciera nunca nada que atrajera hacia ella las miradas. Por eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición.

 


   EIla no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.

 

HUMILDE PERO VALIENTE

 

   Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que ella había visto.

 Cuando la mamá la llamaba a atender alguna visita, ella se estremecía y a veces se echaba a llorar. —“Vaya”—, le decía Ia señora, —“¡tenga valor!”—; Y Ia jovencita se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes demostrando mucha alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.

 Para burlarse de eIIa porque la Virgen Ie había dicho que masticara unas hierbas amargas, como sacrificio, el señor alcalde le dijo:

   —¿Es que Ia confundieron con una ternera? Y la niña le respondió:

   —“¿Señor alcalde, a usted Ie sirven lechugas en el almuerzo?”

   —“Claro que sí”

   —“¿Y es que lo confunden con un ternero?” Todos se rieron y se dieron cuenta de que era humilde pero no tonta.

 

RELIGIOSA PERO ENFERMA


   Para escapar de la curiosidad general, Bernadette se refugió como «invitada indigente» en el hospital de las Hermanas de la Caridad de Nevers en Lourdes (1860).

 


   Allí recibió instrucción y, en 1861, escribió el primer relato escrito de las apariciones.

 

   El 18 de enero de 1862, Monseñor Bertrand Sévère Laurence, obispo de Tarbes, reconoció pública y oficialmente la realidad de las apariciones.

 

   En julio de 1866, Bernadette comenzó su noviciado en el convento de Saint-Gildard y, el 30 de octubre de 1867, hizo su profesión como monja en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers.

 


   Demoraron en admitirla porque su salud era muy débil. Pero al fin la admitieron. A los 4 meses de estar en la comunidad estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y le recibieron sus votos religiosos, pero en seguida se curó.

 En la comunidad hizo de enfermera y de sacristana, y después por nueve años estuvo sufriendo una muy dolorosa enfermedad. Cuando Ie llegaban los más terribles ataques exclamaba:

   —“Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que recomendó la Santísima Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores”.


EL MARTIRIO DE LA INCOMPRESIÓN


  Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitirles que llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de personas que están en altos puestos y que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena.

 Bernardita tuvo por superiora durante los primeros años de religiosa a una mujer que Ie tenía una antipatía total y casi todo lo que ella hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y continuo dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la superiora decía que Bernardita cojeaba para que, la gente, al ver las religiosas pudieran distinguir desde lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y así en un sin número de detalles desagradables le hacía sufrir. Y ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto. Recordaba muy bien la noticia que le había dado la Madre de Dios: “No te hare feliz en esta vida, pero sí en la otra”.

 Duró quince años de religiosa. Los primeros 6 años estuvo trabajando, pero fue tratada con mucha indiferencia por las superioras. Después, los otros 9 años padeció noche y día de dos terribles enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando llegaba el invierno, con un frío de varios grados bajo cero, se ahogaba continuamente y su vida era un continuo sufrir.

 Deseaba mucho volver a Lourdes, pero desde el día en que fue a visitar la gruta por última vez para irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía:

   —“Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Tan bella es”.

 

SILENCIO DE POR VIDA

 

   Al llegar a la comunidad reunieron, a las religiosas y le pidieron que les contara cómo habían sido las apariciones, de la Virgen. Luego le prohibieron volver a hablar de esto, y en los 15 años de religiosa ya no se le permitió tratar este tema. son sacrificios que a los santos les preparan altísimos puestos el cielo.

 

LA CARTA AL SUMO PONTÍFICE

 

    Cuando ya le faltaba poco tiempo para morir, llegó un obispo a visitarla y le dijo que iba caminó a Roma, que le escribiera una carta al santo Padre para que le enviara una bendición, y que él la llevaría personalmente. Bernardita, con mano temblorosa, escribe:

   —“Santo padre, qué atrevimiento que yo una pobre hermanita le escriba al sumo pontífice, pero el señor obispo me ha mandado que lo haga. Le pido una bendición especial para esta pobre enferma”. 

   A vuelta del viaje del Señor Obispo le trajo una bendición especialísima del Papa y un crucifijo de plata que le enviaba de regalo el Santo Padre.

 

LA MUERTE Y LA GLORIFICACIÓN

 

   El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada:

   —“yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡qué hermosa era!”—, y después de unos momentos de silencio exclamó emocionada:

   —“Ruega señora por esta pobre pecadora”—, y apretando el crucifijo sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.

 A los funerales de Bernardita asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios, en favor de los que le pedían su ayuda.

 


   El 20 de agosto de 1908, Monseñor Gauthey, obispo de Nevers, constituyó un tribunal eclesiástico para investigar “el caso Bernadette Soubirous”.

 

CANONIZACIÓN


   Fue canonizada el 8 de diciembre de 1933, festividad de la Inmaculada Concepción, por el Papa Pío XI como Santa Bernardita de Lourdes, después de que la Santa Sede reconociera el heroísmo de sus virtudes personales y las curaciones milagrosas que se le atribuyeron después de su muerte.

 

 Su fiesta litúrgica se celebra en la Iglesia Católica el 16 de abril.

 


En Francia se celebra el 18 de febrero.

 

VENERACIÓN POPULAR

 

   Bernadette Soubirous es, sin duda, una de las figuras femeninas más veneradas en todo el mundo.

 

   Este título se puede expresar por el período relativamente corto de tiempo durante el cual estuvo sujeta a las burocracias impuestas por la Santa Sede para ser autorizada para el culto público legal.

 

   El hecho de su cuerpo incorrupto (que le valió el nombre popular de “Santa Durmiente”), sus supuestos milagros no póstumos y las creencias sobre sus visiones de la Virgen María en Lourdes, fueron factores decisivos para que la población de Nevers, donde murió, de Francia e incluso de Europa la incorporaran rápidamente como santa, incluso antes de su muerte.

 


   Presionado por la gran masa de gente que quería que Bernadette fuera canonizada, el entonces Papa autorizó su culto como venerable.

 

CUERPO INCORRUPTO

 

   El cuerpo intacto de Bernadette. Después de casi 150 años, no hay el más mínimo signo de putrefacción.

 

   Treinta años después del velorio, su cuerpo fue exhumado y encontrado intacto.

 


  El 23 de octubre de 1909 se abrió el proceso ordinario en la Sagrada Congregación de Ritos, y el 13 de agosto de 1913 siguió el proceso apostólico bajo la supervisión directa de la Santa Sede; El 18 de noviembre de 1923, el Papa Pío XI firmó el decreto que reconocía las virtudes heroicas de Bernadette.

   Poco antes de su beatificación, que tuvo lugar el 12 de junio de 1925, se realizó un segundo examen del cuerpo, que permanece intacto.

   Las monjas le cubrieron el rostro y las manos con una fina capa de cera y, de esta manera, fue colocada dentro de una urna transparente.

 


   Su cuerpo permanece incorrupto y puede visitarse en el Convento de Saint Gildard en Nevers, dentro de una urna de cristal.

 


   Bernardita: tú que tuviste la dicha de ver a la santísima Virgen aquí en la tierra, haz que nosotros tengamos la dicha de verla y acompañarla para siempre en el cielo.