lunes, 11 de febrero de 2019
domingo, 3 de febrero de 2019
MILAGROS ADMIRABLES DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES – Por Monseñor de Segur.
NOTA:
Si están enfermos no dejen de leer estos casos milagrosos de curaciones por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.
De cómo la fe sencilla y firme de una pobre mujer de
Tarbes, obtuvo desde el principio grandes favores de Nuestra Señora de Lourdes.
He aquí algunos sucesos que se remontan a
los principios mismos de las maravillas de la Gruta de Lourdes.
Por mucho tiempo han sido ignorados del
público, y acaso fueron relegados al olvido si la lectura de los Annales no hubiera hecho comprender a
las personas curadas el deber que tenían de manifestarlos al público (*): Tomamos estos
conmovedores relatos de los Annales de Lourdes (Marzo de 1871), que se publican
con la aprobación del Obispo de Tarbes.
I
La primera de estas personas es una humilde
obrera de Tarbes llamada Francisca Majesté.
No tenemos de informe más testigo que ella misma pero éste basta. Lleva impresa
en su rostro la señal de un alma inocente, recta, inteligente, modesta. Su
palabra es grave, y cincuenta años de una vida irreprochable y piadosa le dan
autoridad.
Cerca de tres años antes de las Apariciones de
Lourdes, estuvo sujeta a suspensiones momentáneas de la vista. Ocurríale esto
de repente, sin que nada hiciera presentir su aproximación; de pronto una
niebla espesa cubría sus ojos y los oscurecía rápidamente, y luego la luz
desaparecía. Francisca, entonces sumergida
en una noche profunda, se quedaba estupefacta; frotábase los ojos y
esperaba a que apareciese de nuevo la claridad, lo que sucedía poco después. En
lo demás, no sentía ningún dolor ni alteración sensible en los ojos.
Consultó con un médico, quien después de
varios experimentos, como ella le instara para saber toda la verdad, le dijo: “–Debo declarároslo; creo que no puedo
nada. –Pero ¿piensa Usted que me quedaré ciega? –No sé”
Estas respuestas eran dolorosas, pero ella las
había solicitado porque prefería conocer la realidad de su situación. Desde
aquel día la pobre mujer, asustada, temblaba de miedo de perder enteramente la vista.
Ella estaba familiarizada con el dolor,
porque su vida había sido una cadena casi continua de enfermedades; más de
todas las pruebas pasadas ninguna la había apesadumbrado como ésta. ¡Ciega!... Antes quería morir.
Los rumores de la Aparición de Massabielle
llegaron a sus oídos. Cuando se confirmaron, creyó con fe sencilla y firme en
la Providencia. “Para Dios nada hay
imposible, decía, y El no permitirá que seamos así engañados.”
Oyó hablar de curaciones milagrosas, y una
vaga esperanza pasó por su corazón, pero sin inclinarla todavía a hacer el ensayo.
Dijéronla varias veces: “Francisca,
Usted que es tan piadosa, ¿no piensa ir a buscar su curación a la Gruta de
Lourdes?” Y ella contestaba “Todavía no siento la confianza necesaria;
si Dios me la envía iré.” Hizo esfuerzos para merecerla, y Dios se la dio
un día se sintió muy inclinada ir a la Gruta; la esperanza llenaba su alma, y
ella, comprendiendo que esta inspiración venía de Dios, dispuso el viaje en los
primeros días de Mayo de 1858.
Francisca no había visto la Gruta. Cuando
divisó la roca santificada por la presencia de la Virgen Inmaculada, su alma se
conmovió profundamente. Un fervor muy sensible la inundó de gozo, y su oración era
tan dulce que no podía apartarse de allí. Se lavó los ojos devotamente con el
agua milagrosa y con una fe grande en su virtud sobrenatural, y mientras la bebía,
su corazón decía: “¡Curaré!...”
Desde
este momento ni una sola vez, ni un solo segundo se ha ocultado la luz a sus
ojos. En ninguna parte, en doce años, le ha hecho pararse la suspensión, de la vista
como en otro tiempo.
Francisca tenía también largo tiempo en una
de sus rodillas un tumor como del tamaño de un huevo de pato que no la
molestaba porque de ordinario no le dolía, y sólo le incomodaba algo para rezar
porque entonces tenía la rodilla en el aire. Esta dificultad la hizo pensar en
la Gruta, y se dijo a sí misma sin ningún sentimiento marcado: “Puesto que me hallo aquí voy también a
lavar el tumor.” Hecho esto fué a
arrodillarse enteramente sin la menor molestia; pero absorta por la alegría de
su oración y por el pensamiento de sus ojos, en su convicción curados para siempre,
no pensó ya en el tumor. Continuaba siempre que rezaba haciéndolo hincada con
ambas rodillas en el suelo, y sólo al cabo de algunos días miró su tumor. Este
no existía ya, y no volvió a aparecer.
II
jueves, 8 de marzo de 2018
SOBRE LAS CRUCES – Por Cornelio Á Lápide (Parte I)
Necesidad de las cruces.
Todos los que quieren vivir virtuosamente según Jesucristo, han de padecer persecución, dice San Pablo: (II. Tim. III. 12).
Preguntaréis tal vez qué significan estas palabras, pues
muchas almas piadosas y cristianas observan tranquilamente y sin persecución
una vida santa. San Crisóstomo responde que por persecución debemos entender todas
las dificultades, los trabajos y dolores
que experimentan los que se aplican a la piedad, a causa de los esfuerzos que se ven precisados a hacer para poner un freno a
sus pasiones, practicar la
continencia, la humildad, la templanza, y aplicarse al servicio
y al amor de Dios. (Homil, de Cruce).
Jamás,
dice San León, faltan cruces ni persecuciones, si somos fieles
observadores de la virtud. Y como hemos de vivir en todo tiempo
piadosamente, añade este santo Doctor, también en todo tiempo hemos de llevar la cruz.
San Agustín dice que las almas fervientes sufren
por la mala vida do los impíos. (De
Morib).
Asi sucedía
con el Rey Profeta, que decía: Veíalos prevaricar y me consumía de
dolor: (CXVIII.158).
Por otra parte, las almas piadosas sufren
muchas veces las burlas que les dirigen
los impíos...
Pero por persecución es
preciso entender sobre todo las tentaciones del demonio. Por
esto dice el Eclesiástico: Hijo mío, cuando te dispongas a entrar al
servicio de Dios, persevera firme en la
justicia y en el temor, y prepara tu alma para la tentación: (II. 1). Es imposible, dice San Crisóstomo,
que el que hace la guerra a los malos espíritus esté al abrigo de las vejaciones:
(Homil, de Cruce). No le es lícito al atleta
de Dios buscar las delicias; no les es lícito a
los combatientes entretenerse en festines. Y la vida presente es un combate, una
lucha, una guerra, una persecución, un camino sembrado de lazos, una arena ardiente. Otra
época será la del reposo; el tiempo actual es el de las cruces......
viernes, 23 de febrero de 2018
lunes, 12 de febrero de 2018
De las enfermedades por comparación a los premios del cielo que esperamos – Por el Padre Luis de Lapuente.
Lo primero has de considerar, que la
sabiduría de nuestro gran Dios y Señor, como dispone todas las cosas de esta
vida mortal en número; peso y medida, del modo que se ha visto, así también
ordena las que pertenecen a la vida eterna; pero de tal manera, que el número,
peso y medida de los trabajos de esta vida, es breve, finito y moderado: más el
de los premios tiene un modo de inmensidad e infinidad eterna con tanto exceso,
que quien los conoce abraza con sumo gusto cualesquiera trabajos, por grandes y
largos qne sean, pareciéndoles muy pequeños y breves como expresamente lo
enseñó el Apóstol cuando dijo: Las aflicciones de este tiempo
no son dignas de la gloria que se descubrirá en nosotros, y nuestra tribulación
momentánea y ligera en esta vida produce sobre toda medida un peso eterno de
gloria en el cielo; de donde claramente puedes sacar, que si tus trabajos
te parecen largos y grandes, es porque no tienes la estima y amor que debes de
los premios eternos; porque si estimaras el premio en mucho, tuvieras los
trabajos en poco; y si amaras mucho a Dios, sintieras poco el trabajo con que
se busca; y si el amor de Raquel hizo
que el trabajo muy largo y penoso le pareciese a Jacob corto y suave, también
el amor de la vista clara de Dios y de su amorosa contemplación te endulzaría
la enfermedad de tal manera que aunque fuese larga, te pareciese breve; y
aunque fuese penosa, la tuvieses por suave. ¿Quién de los apóstoles padeció más
trabajos que San Pablo? ¿Quién más tribulaciones y persecuciones? ¿Quién más necesidades
y enfermedades, hasta darle de bofetadas el ángel de Satanás con el aguijón de
su carne, ora este aguijón fuese algún dolor agudo de ijada, o alguna tentación
fuerte de la carne, o alguna persecución terrible de la gente de su linaje?
Pero esto, y todo lo que padeció por largos años, le pareció tan breve, y tan ligero,
que lo llama momentáneo cosa que
dura un momento, y se pasa en un instante, y apenas es sentido, cuando ya se ha
ido; porque la grandeza del amor de Cristo, y la grande estima del premio
eterno, se lo hacía llevadero todo.
sábado, 20 de enero de 2018
A JESÚS CRUCIFICADO PARA ALCANZAR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE
Estas oraciones están tomadas
de la parte final del libro “Preparación
para la muerte” de San Alfonso María de Ligorio. (Biblioteca del Apostolado de
la Prensa – año 1914) pero no pertenecen al Santo, sino a una joven protestante convertida al catolicismo. Es una bella y
muy edificante oración. Yo diría casi una poesía.
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Compuso estas preces una joven
protestante que se convirtió a nuestra Religión católica a los quince años de
edad, y murió a los dieciocho en olor de santidad. Pío VII y León XII concedieron
cien días de indulgencia por cada día que se recen dichas oraciones, y una
plenaria si se rezan diariamente durante un mes, todas aplicables a las almas
del purgatorio. — (N. del T.)
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Jesús,
Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia, me presento delante de Vos con el
corazón contrito, humillado y confuso, encomendándoos mi última hora y la
suerte que después de ella me espera.
Cuando mis pies, perdiendo el movimiento, me
adviertan que mi carrera en este mundo está ya para acabarse,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis manos trémulas y torpes no puedan
ya estrechar el crucifijo, y a pesar mío le dejen caer en el lecho de mi dolor,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis ojos, apagados y amortecidos por
el dolor de la muerte cercana, fijen en Vos miradas lánguidas y moribundas,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis labios fríos y balbucientes
pronuncien por última vez vuestro santísimo Nombre,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mi cara pálida y amoratada cause ya
lástima y terror a los circunstantes, y los cabellos de mi cabeza, bañados del
sudor de la muerte, anuncien que está próximo mi fin,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para
siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de Vos la
irrevocable sentencia que determine mi suerte por toda la eternidad,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mi imaginación, agitada de espantosos
fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado del
temor de vuestra justicia, a la vista de mis iniquidades luche contra el
enemigo infernal que quisiera quitarme la esperanza en vuestra misericordia y
precipitarme en el abismo de la desesperación,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mi corazón débil, oprimido por el
dolor de la, enfermedad, esté sobrecogido del dolor de la muerte, fatigado y
rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando derrame las últimas lágrimas,
síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como sacrificio expiatorio para
que muera víctima de penitencia, y en aquel momento terrible,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis parientes y amigos, juntos
alrededor de mí, lloren al verme en el último trance y os rueguen por mi alma,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando perdido el uso de los sentidos desaparezca
de mí toda impresión del mundo, y gima entre las postreras agonías y congojas
de la muerte,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mis últimos suspiros muevan a mi alma
a salir del cuerpo, recibidlos como señales de mis santos deseos de llegar a
Vos, y en aquel instante,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
Cuando mi alma se
aparte para siempre de este mundo y salga de mi cuerpo, dejándole pálido, frío
y sin vida, aceptad la destrucción de él como un tributo que desde ahora
ofrezco a vuestra divina Majestad, y en aquella hora,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y
vea por vez primera el esplendor inmortal de vuestra soberana Majestad, no la
arrojéis de vuestra presencia, sino dignaos recibirla en el seno amoroso de
vuestra misericordia a fin de que cante eternamente vuestras alabanzas,
Jesús misericordioso,
tened compasión de mí.
*
* *
lunes, 20 de noviembre de 2017
De las enfermedades, en cuanto son purgatorio de nuestros pecados y ocasión de grandes merecimientos - Por el Padre Luis de Lapuente
Como las penas del infierno se mudan con
otras que se han de pagar en el purgatorio, si no se pagan en esta vida, has de
considerar, para tu consuelo, que Dios
nuestro Señor tiene dos purgatorios: uno debajo de la tierra, y otro de
enfermedades y trabajos en este migado, y que cada uno excede al otro en algo. El
purgatorio de la otra vida excede en que es pura pena, sin temor de
impaciencia, ni de nueva culpa o mezcla de ella. Y esto es de grande estima,
pero es de grande fatiga, porque tampoco hay merecimiento, ni aumento de
gracia, ni esperanza de subir a mayor gloria con la pena que se padece; y en
cierto modo está allí la caridad muy violentada, más que en esta vida, porque
su inclinación es o estar unida con Dios, viéndole claramente en la gloria y
allí descansar como la piedra en su centro, o subir y crecer siempre, procurando
amar más y más, hasta lo sumo que puede, porque de suyo no tiene tasa señalada.
Y como en el purgatorio no ve a Dios, ni crece para verle más, está fuera de su
centro violentada y afligida, porque pena y no medra.
Mas el purgatorio de esta vida, por el
contrario, tiene peligro y temor de impaciencias y culpas que suelen mezclarse
con las enfermedades y aflicciones, aunque no faltan ayudas de Dios para
preservarse de ellas. Pero
tiene otras grandes excelencias para pagar y purgar las culpas cometidas;
porque en la enfermedad, el tormento pequeño en breve tiempo satisface mucho más
que el tormento largo y grande del purgatorio, y el ardor de la calentura de un
día podrá rescatar el fuego del purgatorio de un mes o un año; pues no
solamente paga padeciendo, sino satisfaciendo y mereciendo con actos heroicos
de caridad, haciendo de la necesidad virtud y ofreciendo a Dios lo que padece
por el amor que le tiene. Así como en el
mundo es de menos estima la satisfacción que da el reo obligado por el juez a
restituir la honra que quitó, que cuando él se humilla por su voluntad y se
desdice por hacer lo que debe. Y de aquí es que en el purgatorio cada alma paga
por sí sola, sin poder aplicar nada a la otra; más
en esta vida es tanta la riqueza del que padece, que muchas veces paga todo lo
que debe, y de lo que le sobra puede aplicar a otros vivos o difuntos, y
enriquecer con su mérito los tesoros de la Iglesia.
De suerte, que si padeces un día de
calentura fuerte y quieres aplicar tu satisfacción por un alma que está
ardiendo en el purgatorio, pagas por ella su deuda; y en tal coyuntura, puedes
hacer que con tu fuego salga ella libre del suyo y se vaya al cielo, en donde
rogará a Dios por quien tanto bien la hizo. Todo esto ha de serte motivo de
gran consuelo, alabando a Dios, que te da aquí tal modo de | purgatorio que
puedas pagar por ti y por otro, y quitar los estorbos de las manchas que
impiden la entrada en el cielo, para que tu caridad siempre siga su
inclinación, o subiendo sin parar a su fin último, o gozando de él con eterno
descanso.
Pero
otra mayor excelencia has de considerar en este purgatorio de las enfermedades;
porque de tal manera purifica de culpas, que es ocasión de nuevos aumentos de gracias y de merecimientos
de nuevos grados de gloria, con los heroicos actos que en ellas puedes
ejercitar de amor de Dios, de conformidad con su voluntad, de obediencia a los
médicos, de paciencia en los dolores y otros semejantes. Y como el mismo
Dios viene juntamente con sus dones, aumentándose ellos crece la unión con
Dios, y él gustará de morar más de
asiento en tu alma, y traerá consigo las riquezas de su reino, que son
justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. De
suerte, que tu enfermedad es para ti raíz de las virtudes, cebo de la caridad,
fuente de justicia, principio de la paz, semilla del gozo y aposento de Dios en
tu alma; y aunque el trabajo pase y la enfermedad se acabe, el fruto no pasa,
sino para siempre permanece; y dirás con el Salmista:
Alegrado nos hemos por los días en que
nos humillaste y por los años en que experimentamos tantos males; porque ya
pasaron los males y gozamos de los bienes; pasó el llanto y vino el gozo; pasó
la enfermedad y vino la salud; pasó la aflicción de la carne y vino el consuelo
del espíritu, alegrándose los dos en Dios vivo.
Entonces
conocerás también por experiencia el tesoro que estaba escondido en la
enfermedad y no le conocías. Y si volviera, la recibirás de buena gana, y aun
la desearás y llamarás cuando se tarde.
Aún mayores riquezas puedes descubrir en la
enfermedad, añadiendo a los tesoros propios los mismos que habías de ganar con
la salud, para lo cual te has de acordar de aquella ley que hizo David en Israel, cuando yendo contra el ejército de los amalecitas,
muchos soldados, de cansados, se quedaron a medio camino; y sin embargo de
esto, ordenó que se les diese tanta parte de los despojos como a los que habían
seguido a los enemigos. Pues según esto, has de entender que cuando estás en la
cama enfermo, y no puedes hacer las obras que solías cuando sano, no pierdes el
merecimiento y el galardón qne tuvieras haciéndolas como otros, si tienes
voluntad eficaz de hacerlas y por no poder más las dejas; porque en el tribunal
de Dios la voluntad se cuenta por obra, cuando la obra falta por faltar la
posibilidad. Pero es bien que hagas algo, aunque sea poco, en señal y
testimonio del deseo que tienes de hacer morbo; y como dijo Tobías a su hijo, que
fuese limosnero del modo que pudiese, dando mucho si tenía mucho, y poco si
tenía poco, pero liberalmente, con deseo de dar mucho si pudiera, así también,
cuando estás sano, has de trabajar mucho como sano; más cuando estás enfermo y
flaco, basta que hagas lo poquito que puedas, como en señal de lo mucho que
hicieras si pudieras.
“LA
PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”
viernes, 17 de noviembre de 2017
MEDITACIÓN SOBRE CÓMO ES PRECISO SOPORTAR LAS ENFERMEDADES
Colaboradora del blog
I. La enfermedad es un presente de Dios que, a menudo, nos es más útil que
la salud. Dios tiene sus designios cuando nos envía una enfermedad: quiere
castigarnos por nuestros pecados, o apartarnos de ellos, o bien ejercitar
nuestra paciencia y dar nos ocasión de adquirir méritos. Si seriamente buscases la razón de
tus sufrimientos, encontrarías que Dios quiere acosarte para que renuncies a
tus vicios y lleves una vida más santa. No
nos quejemos de nuestras enfermedades, ellas pueden ser para nosotros fuente de
grandes virtudes (Salviano).
II. Sufre pacientemente
los dolores de tu enfermedad, súfrelos de buena gana y por el amor de Dios.
Mas, como Dios te impone el deber de velar por tu salud, recurre a los medios
humanos. Sigue las prescripciones del médico y obedece a los que te cuidan. El que sufre tiene muchas ocasiones de
practicar la virtud: aprovecha diligentemente estas ocasiones.
III. No murmures, no te impacientes; persuádete de que estás en tu lecho
como en una cruz, y mira con qué paciencia sufrió Jesús en la suya. Para
imitarlo, piensa en todos los pobres enfermos abandonados y en los suplicios de
las almas del purgatorio; y recuerda que en las adversidades y en los
sufrimientos es donde se reconoce al hombre virtuoso. En la adversidad, el pecador se
queja y su impaciencia se derrama en blasfemias; el justo sufre con paciencia (San Cipriano).
La
paciencia.
Orad
por los enfermos
Miserias de la vida y necesidad de la penitencia. (¿Tienes miedo a la muerte? No dejes pasar esta lectura) Viene con un ejemplo.
Si tan luego como pierde uno la salud
procura con diligencia su remedio, ¿por
qué luego que pierde la gracia no la procura también? Si al punto que caes
enfermo buscas al médico y la medicina, ¿por
qué al punto que caes en pecado y se enferma tu alma no buscas a Dios? ¿Qué
viene a ser de sí mismo este cuerpo, sino un conjunto de huesos vestidos de
carne, como si dijéramos vestidos de heno; sucio, débil, pobre y miserable, que
bien pronto se verá convertido en un hervidero de gusanos; al paso que el alma,
noble, graciosa y bella, criada a imagen y semejanza de Dios, ha de durar eternamente?
San Agustín,
conocedor profundo de las miserias del hombre, escribe con su áurea pluma estas
palabras: “Dios mío, ¿quién soy yo que
hablo con Vos? ¡Ay de mí! Perdonadme: yo soy un cuerpo muerto y hediondo,
manjar de gusanos, vaso de corrupción, leño seco para el fuego. ¿Quién soy yo
que hablo con Vos? Soy un hombrecillo nacido de mujer, que en breve se acaba, y
justamente es comparado a los brutos é insipientes. ¿Qué más soy? Un abismo de
tinieblas, una tierra yerma y estéril, hijo de ira, vaso de contumelia, que fué
engendrado en la inmundicia, vive en la miseria, y ha de morir en la aflicción. Soy un muladar cubierto de
nieve, una balsa de podre lleno de mal olor y de hedor, ciego, pobre, desnudo,
que ni entiendo mi entrada en el mundo, ni sé la salida de él. Mi vida es
frágil y caduca; es vida que cuanto más crece más se disminuye, cuanto más
avanza más se acerca a la muerte: vida falaz y llena de lazos. Ahora me alegro,
y al instante me contristo; ya estoy bueno, y presto me siento enfermo; vivo, y
al punto muero. Todas mis cosas están sujetas a mudanza, de tal modo, que una
hora no permanezco en un mismo estado. De aquí el temor, el estremecimiento, el
hambre, la sed, el calor, el frío, la enfermedad, el dolor, a que se sigue la
importuna muerte (Soliloquiorum animae ad Deum)”
Y en otro libro dice el mismo San Agustín: “Mucho me enfada,
Señor, esta vida y trabajosa peregrinación. Mas ¿por qué la llamo vida y no
muerte, pues es vida muy falsa y muerte verdadera? Esta vida es vida miserable,
vida incierta, pesada, inmunda, llena de errores, engaños y pecados; y así más
se puede llamar muerte que vida, pues en cada instante morimos, y las varias
vicisitudes nos acaban con diversos linajes de muerte. ¿Cómo podemos llamar
vida a esta que vivimos, pues los humores la alteran, los dolores la
enflaquecen, los ardores la secan, el aire la inficiona, el manjar la corrompe,
el ayuno la fatiga, los placeres la trastornan, los pesares la consumen, el
cuidado la ahoga, la seguridad la destruye, las riquezas la ensoberbecen, la
pobreza la derriba, la juventud la desvanece, la vejez la aflige, la enfermedad
la quebranta, y la tristeza la acaba? Y a todos estos males les sucede la
muerte furibunda. Et his malis ómnibus, mors furibunda succedit.”
De todo lo dicho por
aquel gran Doctor se deduce, que esta que llamamos vida es más bien muerte,
bien que lenta y angustiosa. Es vida de apariencia, vida de perspectiva, vida
fantástica y mentirosa, y sólo positiva, real y verdadera por lo que tiene de
muerte. Por eso dijo el Salvador: “El
que cree en Aquel que me ha enviado... pasó de muerte a vida (Juan V, 24).”
No dijo Jesucristo, pasó de esta vida a la otra, de esta temporal a la eterna;
sino pasó de muerte a vida, porque el vivir de este mundo es un continuo morir,
y así impropiamente le llamamos vida.
Si, pues, la vida presente es tan menguada y
triste, ¿cómo tan desordenadamente la
amamos? ¿Cómo la hacemos caso, cómo no la despreciamos aspirando únicamente a
la vida eterna? Oigamos de nuevo al Redentor: “El que quisiere salvar su vida,
la perderá: más el que perdiere su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará
(Marcos VIII, 35)”
Por manera que el que ama esta vida, y por
conservarla y seguir el dictamen de la carne se deja arrastrar de sus torpes y
nunca saciados apetitos, la perderá despeñando el cuerpo y el alma en los
infiernos; y por el contrario, el que conociendo que la carne es su mayor
enemigo aborrece el cuerpo y pelea contra sus brutales instintos dándose a la
mortificación y penitencia, trocará este penoso destierro por la vida
perdurable.
Si hoy que tanto se afanan los hombres por
vivir sin trabajar, contra el precepto de Dios, o cuando más por vegetar en los
empleos a costa de la madre patria, por vivir del presupuesto, se ofreciera a
un pobre cesante que se pasa los días murmurando del Gobierno que le quitó el
pan de sus hijos; se le ofreciera, decimos, un destino pingüe, aliviado de
atenciones y exento de responsabilidades, ¿por
ventura andaríase en quimeras pensando uno y otro día si lo aceptaría o no? ¡Ah!
no sosegara un punto, ni pensara más que en ir a tomar posesión de él,
partiendo a uña de caballo: es poco; al vapor, y a ser posible por la
electricidad, ya que el viajar con la rapidez del pensamiento no es propio de
esta vida. Pues si en esto que es una miseria y un puro nada anduviera tan
diligente, ¿cómo por el destino eterno,
mejor dicho, cómo por un reino sin fin que se le ha de dar en la gloria no
procede del mismo modo?
¿Para
qué te ha criado Dios? ¿Para qué viniste al mundo? Abre los ojos, y mira
que si descuidas la penitencia, pones el alma en inminente peligro; y si yerras
la salida de este mundo, advierte que el error es de tal naturaleza que no
tiene remedio. En toda cuestión cuando hay tribunales de alzada, se puede tal
vez fundar alguna esperanza; en la cuestión de salvar o perder el alma no hay
más que un solo tribunal, que es el de Jesucristo, y este Supremo Juez nos
tiene dicho: “Si no hiciereis
penitencia, todos pereceréis” (Lucas XIII, 5.) Y como al tribunal de
Jesucristo nos hemos de presentar solos o acompañados únicamente de las obras
que hubiéremos hecho, necio y sin juicio es el que para comparecer en aquel
acto tan solemne y augusto no procura llevarla compañía de las buenas obras.
Por loco fuera tenido aquel que compareciera
delante de un tribunal a defender un pleito de la mayor importancia, llevando
consigo testigos que habían de deponer contra él; pues locura infinitamente
mayor es el presentarse en el juicio de Dios acompañado de las malas obras, que
son los testigos y acusadores que le han de hacer perder el pleito de su
salvación.
Entienda el cristiano que el pecado es una
carga que, puesta sobre el hombre, le hace andar trabajosamente, inclinándole
cada vez más hacia el suelo; por eso si el monstruo del pecado no se golpea y quebranta
con el martillo de la penitencia, muy luego con su propio peso hace caer en
otro. Así como una virtud llama y atrae a otra virtud, por lo cual dice David
hablando de los justos: “Irán de virtud en virtud” del propio modo un pecado
llama y atrae a otro pecado; que por eso dice el referido David: “Un abismo llama a otro abismo”
¡Afuera hipérboles!
No daremos nosotros de nuestros contemporáneos aquellas sentidas quejas que
exhalaba el real Profeta, diciendo de los suyos: “No hay quien haga bien; no hay ni siquiera uno” No diremos
nosotros otro tanto, porque si en los tristísimos tiempos de Elias se reservó
Dios siete mil varones que no habían doblado las rodillas delante de Baal,
mayor número sin comparación habrá en cada una de las naciones católicas, hoy
que el verdadero Dios es más conocido que en aquella edad de universal
idolatría.
Convenido, pues, en la ventaja que hacen los
tiempos que caen del lado de acá de la Cruz a los antiguos, preciso es también
reconocer que las huestes que acaudilla en nuestros días el genio del mal,
están sin duda alguna más instruidas en la estrategia tenebrosa y de zapa con
que en todo el orbe se lidia contra las almas; y aunque absolutamente hablando
son muchos los que se salvan, pues ha ya más de dieciocho siglos que vio San Juan en el cielo
(Apocalipsis VII, 9.), una muchedumbre que ninguno podía contar, de todas
naciones, tribus, pueblos y lenguas; pero respecto de los que se condenan
opinan muchos que son aquéllos muy pocos.
¡Ah! es preciso trabajar;
pero mucho: todo cuanto hagamos será poco para lo que las necesidades reclaman.
Los pecados van cada día en aumento; las ofensas contra Dios crecen de
continuo. Hasta hace poco, a lo menos en las poblaciones de corto vecindario,
se conservaban las tradiciones religiosas; mas hoy que los medios de locomoción
han llevado elementos desconocidos a los puntos más aislados, la moderna
civilización materialista e impía cunde por doquier.
Tan feo, sucio y
nauseabundo es el aspecto de la sociedad, que su vista provoca a vómito. No se
ve, ni se oye más que pecados, abominaciones y miserias; enemistades,
contiendas, murmuraciones, venganzas, suicidios, trampas, robos,
deshonestidades, juramentos, blasfemias, lisonjas, mentiras, engaños y mil
otras maldades. Vemos al inocente perseguido, al modesto y humilde burlado, la
justicia por los suelos, la doblez y la intriga sublimadas, el oro señoreando
el mundo, desterrada la fe, la divina ley conculcada, el Vicario de Cristo
encarcelado. Vemos el sibaritismo (inclinación al lujo) en los ricos, el lujo
en la clase media, el despotismo en los que mandan, la rebelión en los que
obedecen, las costumbres sin freno, la enseñanza sin Religión, los días
festivos profanados, el duelo, pese al Código penal, a la orden del día. Sobre
este confuso montón de plagas, allá en lo hondo percíbese el reconcentrado
estertor del odio que nutre la masa común del pueblo contra los grandes;
mientras los anarquistas trabajan en confeccionar explosivos asoladores
esperando su hora.
Tal es la sociedad de nuestros días: escuela
de catástrofes, arma o mejor arsenal de suicidios, y vehículo del infierno.
Gráficamente lo dijo no ha mucho en el Congreso uno de nuestros prohombres: El
pueblo, dijo, es hoy un presidio suelto.
Véase, pues, si hay miserias en la vida, y
si tenemos necesidad de la penitencia.
¿Quién me dará, Señor, que la haga yo tan cumplida que os agrade? ¡Ay de mí! ¡Que
mi morada en tierra ajena se ha prolongado! Por mi culpa, por mi grandísima
culpa habité, con los moradores de Cedar y con los hijos de las tinieblas. No
me mires a mí, Señor; mira al rostro de tu Cristo, en cuya suavidad y dulzura
se contiene mi perdón.
Ejemplo
viernes, 10 de noviembre de 2017
De las enfermedades que nos vienen por nuestros pecados, en la que resplandece la divina justicia con su misericordia. – Por el Padre Luis de Lapuente.
Aunque es verdad que
algunas enfermedades son enviadas por algunos fines de la gloria de Dios, como
después veremos, a ti te conviene considerar que las tuyas son castigo de tus
pecados, o de los que conoces, porque sabes bien que has ofendido a Dios, o de
los ocultos que no conoces, pero conócelos el juez, que justamente te castiga
por ellos. Los muy santos, dice San Dionisio, padecen estas cosas por la gloria de Dios solamente, porque han sido
inocentes y están libres de culpas graves; pero yo, miserable pecador, padezco
las enfermedades por mis pecados, y confieso que merezco estos castigos, y en
mí se cumple lo que dijo David: Por su maldad castigaste al hombre, e hiciste
que su vida se secase como una araña. Vuelve, pues, los ojos a lo que
padece tu cuerpo flaco y desvirtuado, y por ello sacarás lo que eres en el
alma. Y ¿qué ha sido tu alma, sino una
araña ponzoñosa, cuya ocupación era desentrañarse, tejiendo telas de vanidad
que se lleva el viento, y urdiendo telas de codicia para cazar a los prójimos
con engaño, y sustentarte de la sangre inocente, o quitándoles la hacienda o la
fama y honra? ¿Qué araña hay tan
seca como tu espíritu? El cual, habiendo de ser como abeja que coge miel de
las flores, es como araña sin jugo, ni devoción o ternura, y seca como una
arista. Luego justo es que Dios castigue a tal alma, poniendo su cuerpo también
enfermo, flaco y seco como araña. Pues ¿de
qué te turbas, miserable, si te dan lo que mereces y te ponen el cuerpo como tú
has puesto el alma? Por esto añade David:
Verdaderamente en vano se turba el
hombre cuando está enfermo y atribulado, pues él ha dado la causa para ello.
Por tanto, Señor, yo me vuelvo a ti, y te suplico que oigas mi oración y
atiendas mis lágrimas y pongas fin a mis miserias.
De aquí has de subir más alto a considerar
el orden justísimo de la divina justicia, que resplandece en castigar tus
culpas con las enfermedades y amarguras que padeces, diciendo con David: Justo eres, Señor, y justo tu juicio.
Y con el profeta Miqueas: Yo llevaré sobre mí la ira y castigo de Dios, porque pequé
contra él. Justo es que quien usó mal de la salud, la pierda con la
enfermedad, y qne pague con dolores lo que se desenfrenó en los deleites. La
divina justicia me ha puesto en esta cruz; no tengo que decir sino lo que el buen ladrón: Recibo lo que merecen mis obras, y el justo castigo de que soy digno
por ellas; y pues la divina justicia es tan buena y tan santa como su divina
misericordia, porque en Dios ambas son una cosa, justo es que yo adore, venere
y ame su justicia, y me goce de que la tenga, pues sin ella no fuera Dios. Y
pues ella ha de hacer su oficio en los pecadores, gózome de que la haga en mí
en esta vida, para que, pagando en ella, quede libre en la otra. Mas en esta
consideración no has de mirar a la justicia divina por si sola; porque de esta
manera no es mucho que te atemorice y espante con sus terribles y espantosos
juicios, antes bien has de decirle con David:
Señor, no me castigues con tu furor, ni me arguyas con tu ira, si va desnuda de
tu misericordia. Has, pues, de mirar a la justicia, como está en Dios, hermanada con la sabiduría, caridad, misericordia,
clemencia, paciencia, longanimidad y otras divinas perfecciones, con cuya
compañía se hace amable y deseable, porque ellas templan el rigor, y hacen que
las obras de la justicia vayan con su número, peso y medida, compadeciéndose de
nuestra miseria. De aquí es que cuando te vieres apretado de las enfermedades y
dolores, no puedes ni debes quejarte, si no es de ti mismo y de tus pecados, ni
has de abrir la boca sino para acusarte de ellos. Para lo demás has de estar
como mudo, diciendo con el Profeta rey: Enmudecí, porque tú, Señor, lo hiciste; aparta de mí tus plagas. No
enmudezco por lo que yo hice, que es la culpa, antes bien la confieso; sino que
enmudezco por lo que tú haces, que es la pena, aceptándola por ser obra de tu
justa justicia; pero con todo eso te suplico que apartes de mí tus plagas.
Tuyas son, Señor, y mías: tuyas, porque tú las envías, y mías, porque descargas
sobre mis espaldas; tuyas, porque nacen de tu justicia, y mías, porque yo te
provoqué con mis culpas. Perdóname lo que yo hice, y quita de mí lo que tú
haces, si así conviene para servirte
con más alivio.
sábado, 4 de noviembre de 2017
De los bienes de la enfermedad – Por el P. Luis de Lapuente.
Pues por aquí verás la suave providencia de
nuestro Dios, el cual, viendo muchos de sus escogidos caídos en estas miserias,
por la salud y fuerzas corporales que les ha dado, o habiendo penetrado mucho
antes con su altísima sabiduría que caerían en ellas, si viviesen sanos y
fuertes, determina de llevarlos por el camino de las enfermedades y dolores,
para atajar todos estos daños y enriquecerlos con sus divinos dones.
Porque las enfermedades doman los caballos
desenfrenados de nuestros cuerpos y enfrenan la furia de sus pasiones, para que
no prevalezcan contra el espíritu que no podía domeñarlas; porque, como dice San Gregorio, la carne que no es afligida con dolores, está
desenfrenada en las tentaciones. Y ¿quién
ignora que es mucho mejor arder con las llamas de las calenturas (fiebres) que
con el fuego de los vicios? Y si te acuerdas de este fuego, no te quejarás
de esta llama que te preserva de tal incendio; pues por esto dijo Dios a Job, cuando estaba enfermo: Acuérdate de la guerra, y no
hables más palabra.
Y si me dijeres que el caballo enflaquecido
con la enfermedad parará en medio de la carrera, antes has de creer que dispone
Dios la enfermedad para que le sirva de freno en la carrera que andaba de los
vicios, y, por consiguiente, de espuela para que pase adelante en las virtudes.
Acuérdate, dice San Gregorio, de aquel mal profeta Balaam, que caminaba
en una burra para maldecir al pueblo de Dios; pero la burra impidió su camino,
porque vio un ángel que le amenazaba con una espada: y aunque Balaam la hería
con la vara, nunca quiso pasar adelante; antes le apretó el pie contra la
pared, y después se echó sobre él,
para que ni a pie pudiese proseguir su camino. Y entonces por la boca de la jumenta le habló el ángel, y le abrió los
ojos para que viese el peligro en que estaba; y postrándose él en tierra, le
adoró y se ofreció a ejecutar cuanto le mandase. Y ¿qué filé todo esto, sino
avisarnos que la carne apretada con los dolores detiene los malos pasos del
espíritu y corrige sus demasías, siendo ocasión de que abra los ojos para ver
al invisible Dios que le castiga, y humillando su altivez se postra a los pies
de su Criador y se ofrece a dejar sus malos pasos, para andar de nuevo otros
mejores?
Y ¿qué
mejores pueden ser, que poner en orden los cuatro desórdenes que su prosperidad
causaba? Porque
la enfermedad quita al cuerpo el cetro que tenía, y tiénele rendido como
siervo. Ella priva al necio de su hartura, haciéndole cuerdo con la pena; doma
los bríos de la sensualidad briosa, para que tenga paz sujetándose a la razón.
Y también quita a la carne la herencia que tenía, haciendo que como esclavo se
contente con lo peor y más trabajoso de esta vida.
lunes, 30 de octubre de 2017
¡¡¡Queridos amigos, que están enfermos!!! No se pierdan esta enseñanza.
Pasaje de la vida de Santa Liduvina (Modelo de
enfermos, Patrona de los enfermos crónicos)
…A pesar de esto, no vayamos a creer que
Liduvina hubiese llegado ya, y menos aún que hubiese llegado sin pena y sin
combate a una perfección serena y sin nublado. Los santos no son de otra
naturaleza que la nuestra, y ¡Dios sea por ello alabado! ¡Pues si nos
apareciesen siempre como seres sobrehumanos extraños a todas nuestras
debilidades: y si no los viésemos más que en el deslumbrante y lejano esplendor
de una santidad consumada, desde luego quién sin sentirse anonadado, querría
detenerse sólo en el pensamiento de elevarse hasta ellos! Nosotros necesitamos
pues mirarlos de cerca, y contemplarlos marchando por nuestro mismo sendero,
con nuestras mismas miserias y nuestros mismos desfallecimientos; y entonces,
al ver sus luchas, al oír sus gemidos, y al tocar sus llagas, santamente
entusiasmados nos decimos. ¡Nosotros
también caminamos con ellos! Su debilidad entonces forma nuestra fortaleza;
y sus imperfecciones nos alientan a imitar sus virtudes. Liduvina pagó también
su tributo a la humanidad.
Al principio de sus pruebas le costó
excesivo trabajo dominarse, y más de una vez su paciencia se desmintió. Algunas
veces sufría unos fuertes accesos de tristeza y desaliento, y sentía crueles
desolaciones. Un día, por ejemplo, desde su lecho oyó ruido de risas en el
exterior, pues unas jóvenes casi en su puerta se entregaban a una ruidosa
alegría, que le hizo mal, pues la imaginación le representó inmediatamente el
doloroso estado en que ella se hallaba. ¡Ah!
Díjose a sí misma, para mí no hay diversiones ni gozosas risas, para mí no hay
esperanza de curación, mañana, y pasado mañana, siempre durará mi padecer hasta
el sepulcro y el aislamiento y el olvido sobre todo. Y se puso a llorar con tal
abundancia y amargura que partía el corazón; y otras muchas veces se puso a
llorar del mismo modo.
Esas desolaciones
duraron los cuatro primeros años de su enfermedad. Sin duda cuando se renovaban
acudirían cerca de ella su padre o su anciana madre que con toda la ternura de
su corazón ensayaban consolarla; otras veces venían algunas de sus amigas menos
olvidadizas y más caritativas, o algunos vecinos y parientes y le decían cuanto
podían para alentarla y hacerle olvidar sus dolores; mas nadie lo podía
conseguir.
jueves, 26 de octubre de 2017
De La providencia de Dios acerca de nuestras enfermedades – Por el P. Luis de la Puente.
Lo primero considerarás la providencia tan
maravillosa que nuestro Padre celestial tiene de los hombres en el
repartimiento de las enfermedades, dando a uno muchas y a otro pocas; a uno
graves y a otro ligeras; a uno largas y a otro breves; a uno en una parte del
cuerpo y a otro en otra; ordenando todo esto para bien y provecho de sus
escogidos. Y en particular, que la que le ha cabido en suerte, es por esta
paternal providencia para bien y salvación de tu alma.
Para lo cual has de ponderar que este soberano
Dios es tan sabio que conoce clara y distintamente todas tus enfermedades y
dolores, por muy secretos que sean, y las raíces y causas de ellos, y sus
remedios, y las fuerzas que tienes para llevarlos, y las que él puede añadirte
con su gracia; de modo que nada se le encubre, ni por ignorancia te dará lo que
no te conviene, o te cargará más de lo que puedes llevar o te dejará de curar
cuando bien te estuviere.
También es tan poderoso, que puede
preservarte de todas las enfermedades para que no caigas en ellas; y si te
dejare caer, puede en un momento curarte con solo su palabra o con medicinas;
ora sean muchas, ora pocas, ora las más convenientes por su naturaleza, ora las
más contrarias, porque a su omnipotencia nada es imposible ni difícil.
Finalmente es tan bueno, tan santo y
amoroso, que ama a los suyos más que ellos pueden amarse; y cuanto ordena por
su providencia, es a fin de hacerles bien, y de que se salven, ordenando los
bienes y males del cuerpo para la perfección y salvación del alma; de donde
resultará mucho mayor bien al mismo cuerpo. En estas tres divinas perfecciones
estriba la suavidad, eficacia y alteza de la divina providencia para nuestro
provecho. Por lo cual la iglesia en una
colecta ora por todos los fieles de esta manera: Dios, cuya providencia en su
disposición no se engaña, humildemente te suplicamos, que apartes de nosotros
todas las cosas dañosas, y nos concedas las que han de ser provechosas.
Pues si esto es así, como en verdad lo es, ¿cómo no te alegrarás con tus enfermedades,
viniendo trazadas y ordenadas por la sabiduría, omnipotencia y bondad de tu
Padre celestial? Si él es el que las envía, y sabe quién eres tú a quien le
da ¿de qué temes? ¿De qué te congojas? ¿Temes engaño? No es posible, porque las trazó
su infinita sabiduría. ¿Temes flaqueza?
No hay de qué, porque asiste a todo su misma omnipotencia, ¿Temes malicia? No es creíble, porque toda nace de su inmensa
bondad y caridad. No mires la enfermedad desnuda por lo que parece por de
fuera, que te pondrá miedo y grima (amargura); mírala vestida con la sabiduría,
omnipotencia y bondad de Dios, y de esta manera te parecerá hermosa y muy
suave, y que te está diciendo: Negra
soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén; negra en el color propio, hermosa por el
color de mi vestido; si huís de mí por la negrura que tengo de mi cosecha,
abrazadme por la hermosura que me añade la divina providencia. Con estos
sentimientos has de tomar aquel admirable consejo
del Eclesiástico que dice: Todo lo que te fuere aplicado, recíbelo en tu dolor;
sufre, y en tu humillación ten paciencia, porque como la plata y el oro se purifican en el fuego, asi los hombres
que han de ser recibidos en el cielo son probados en el fuego de la
humillación. Si estás enfermo, y tras la enfermedad se te siguen otras
muchas amarguras e iluminaciones, recíbelas todas; porque Dios es el que te las
envía y aplica con su paternal providencia. ¿Quieres ser precioso y resplandeciente como la plata y el oro? No
rehúses pasar por el horno de la enfermedad donde has de ser purificado y
cobrar el resplandor que habías perdido. ¿Deseas
ser recibido en el cielo? Gusta del
trabajo que tienes estando enfermo, porque los que han de ser recibidos en los
eternos descansos, han de pasar por semejantes trabajos. Oye lo que dice el espíritu de este Padre celestial: Hijo mío, no
desprecies la disciplina del Señor, ni te acongojes cuando te corrige, porque
castiga al que ama, acota al hijo que
recibe. Si
quieres, dice San Agustín, ser contado
en él número de los hijos y ser uno de los que han de ser recibidos por herederos,
no rehúses ser del número de los castigados. Recibe el castigo de la enfermedad
para que te reciba Dios en el reino de su gloria.
miércoles, 25 de octubre de 2017
De las causa por qué nuestro Señor envía las enfermedades, y de los provechos que saca de ella para perfeccionar a sus escogidos – Por el P. Luis de Lapuente.
Si los obreros de
nuestro soberano Padre de familias hubieran de trabajar no más que
corporalmente como los segadores y cavadores, fuera menester que llevara a
todos por el camino de la salud y fuerzas corporales, pues con la enfermedad no
pudieran cumplir la tarea del trabajo para que les llamaba; mas como sus obras son
principalmente espirituales y crecen en la perfección, no solamente haciendo,
sino padeciendo, de aquí es que tiene Dios caminos muy diversos, por
donde suele guiarlos a un mismo fin, esto es, a que sean perfectos. Y a
unos da salud entera y complexión fuerte para ejercitar las obras de virtud
propias del cuerpo y también las del espíritu, cuyo instrumento es el mismo
cuerpo, y cuando está sano y fuerte, puede servirle con provecho; pero a otros
carga de enfermedades y dolores que son más a propósito para el camino de
padecer, proporcionando al espíritu ocasión de ejercitar las heroicas virtudes,
que andan juntas con la paciencia; cuya
obra, como dijo el apóstol Santiago, es muy perfecta, porque el padecer
también es obrar, y los muy sufridos son obreros muy escogidos; y cuando llegan
a ser diestros en ambas cosas, creciendo con la salud y con la enfermedad,
entonces son del todo perfectos.
Más ¿quién
podrá declarar los secretos de la divina Providencia en la distribución de
estas dos suertes? Porque nuestro Señor, cuanto es de su parte, más
quisiera que los hombres tuvieran su naturaleza sana y vigorosa, para que cuerpo
y espíritu le sirvieran en todo con alivio y gusto; y así en el estado de la
inocencia crió a los hombres sanos y libres de toda enfermedad, y aun después
del pecado se conservaron mucho tiempo con salud muy fuerte. Y por gran favor
los israelitas, como dijo David,
por espacio de cuarenta años, que anduvieron en el desierto, estuvieron libres
de enfermedades, para que pudiesen siempre caminar a la tierra de promisión y
pelear contra los enemigos que defendían la entrada en ella; porque no hay duda
que la salud y fuerzas corporales de suyo ayudan mucho a caminar por el
desierto de esta vida, en busca de la tierra de promisión eterna, haciendo
guerra a los demonios y a los vicios con obras muy heroicas de grande provecho
para el alma, de mucha edificación para la Iglesia, y de singular ayuda para el
prójimo, ejercitando rigurosas abstinencias y asperezas y las obras de
misericordia, así las corporales sirviendo a los enfermos y hospedando a los
peregrinos, como las espirituales gobernando, predicando y ejercitando otros
ministerios en bien de los prójimos; y por esta causa el Adán celestial, aunque
tomó otras miserias del Adán terreno, no
tomó, como dice Santo Tomás, la de las enfermedades corporales, que no se avenía
con su excelente complexión. Y también preservó de ellas a la Virgen nuestra Señora, a San Juan Bautista, y a
muchos esclarecidos Santos, que, con especial vocación, llamó para
obras muy grandes, previniéndoles con mucha salud y cuerpos muy robustos para
sufrir tan excesivos trabajos. Y los que han recibido este don, han de
procurar, como dice San Basilio,
conservarlo, diciendo a nuestro Señor como David, conservaré para ti mi
fortaleza. Tenía experiencia este santo rey de lo mucho que había hecho con
la salud, y fuerzas que Dios le había dado, acometiendo osos, desquijarando
leones, venciendo gigantes, desbaratando ejércitos, y matando con una sola
embestida ochocientos enemigos. Y pareciéndole que no era bien destruir con
indiscreciones este don tan precioso, dijo al Señor que se lo dió: Yo guardaré esta mi fortaleza, no para mí,
sino para ti no para buscar cosas de mi gusto, sino del tuyo; no para honrarme,
sino para honrarte, y servirte con ella. Y si tú también guardas para Dios la
fortaleza que te ha dado, podrás con su ayuda, domar las fieras de tus
pasiones, vencer los gigantes del infierno, destruir el ejército de los vicios,
y llevar a cabo empresas muy gloriosas, creyendo que la divina vocación te guía
por este camino para salir con ellas.
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