PRÁCTICA PRIMERA.
Del celo de la salud de las almas y disposición necesaria
para quien ejercita tan santo ministerio.
Es de advertir, que como por la excelencia
del fruto se reconoce la bondad del árbol que le produce; así se infiere cual
debe ser la disposición en el ministro de Dios que ejerce tan angélica obra, por
la misma obra, cuya relevada grandeza se ve clara y fácilmente en aquel entrañable
amor con que el mismo Dios puso tanta hechura en la salvación de las almas, que
después de haberlas criado a su imagen y semejanza, y con altísima providencia
haber dispuesto el que a todos en común , y a cada una en particular, asistan
con tanta diligencia los espíritus celestes, para que ni una, cuanto os de
parto de su misericordia, pereciese de sus preciosas margaritas; aún no se contentó
con eso su cariño, sino que añadiendo finezas á finezas, envió a su precioso
Hijo, igual con su sustancia y su eterna Sabiduría, para que hecho hombre fuese capaz de tormentos, y derramase su
santísima sangre por el bien de sus hermanos, y por el gozo de sus criaturas.
Pues ¿en qué
altura, según esto, se constituye el siervo fiel y prudente, que asistiendo en las
ocasiones más precisas de enfermedad y artículo de muerte a estas ovejas que
tanto al Salvador le costaron, se hace compañero celoso del mismo Salvador? Ayuda
del modo que puede al buen logro de aquella infinita caridad; y finalmente,
como dijo el Areopagita: “Coopera
con Cristo nuestro bien en la obra admirable de la redención, que es llegar a
merecer el más ínfimo criado el lado de su Señor en las cosas más de su agrado
y confianza”.
Ni se le puede ofrecer a aquel divino Señor
más agradable sacrificio, que este ardiente celo de las almas, según
dijo S. Gregorio papa. Y
el mismo Criador humano cuando dijo a sus discípulos: Yo
haré que seáis pescadores de racionales; sin duda dio a entender, que el
manjar más sazonado de su divina mesa, y más gustoso al paladar de su amor, es un
alma que redimida con su preciosísima sangre, se halla débil pececillo en un
océano de amarguras a la hora de la muerte, a peligro de que la pesquen los engaños
de satanás, y descogida la suave red del santo aviso de quien la asiste, escapa
de infernales cautelas y se acoge para Dios, que la crio para el cielo. Por
esto el Apóstol honra a los celadores del bien de las almas con el título de
coadjutores de Dios; para que entienda el piadoso sacerdote que en esto se ejercita,
que no menos viene a engrandecer su dignidad, que, llegando a ser, como poco ha
he dicho, compañero de aquel inmenso incomparable Ser.
Singular favor de nuestro grande Dios (séame lícito decirlo así con Inocencio Papa) es
el que libremente nos llamemos y seamos, después de Cristo nuestro bien, y con precisa
dependencia de sus méritos, salvadores
de las almas: título tan glorioso, cuanto lo es el del santísimo nombre de Jesús, que significa
Salvador. Las palabras de Inocencio son las siguientes: “La
mayor gracia es que deseaba que los hombres fueran salvadores de las almas que
él mismo había redimido”. Porque del mismo género que los príncipes de la tierra no
solo se arman contra sus enemigos, sino es que también convocan a sus parciales
y vasallos, cuyo valor los reviste de su persona, y los hace como una cosa con
él; así el Rey de los reyes, y dueño de todo lo
criado, no solo defiende por sí mismo a los suyos al tiempo más apretado de la
vida del hombre, que toda es guerra, sino también envía á sus ángeles para que
le socorran; arma sus sacerdotes para que valerosos peleen por el afligido, y
hechos una cosa con su poder, consigan gloriosa victoria; por lo cual
dijo S. Bernardo: “Dios
es adorado por ángeles y hombres como coadjutores y compañeros soldados, a
quienes recompensará honorablemente con la victoria obtenida”. Así ángeles y hombres forman lucidos escuadrones de Dios
para confundir las huestes infernales; esto es, llevar al granero del cielo el
trigo purificado y escogido, que es cosecha de aquel divino Labrador que tanta
cuida de cultivarle. El mismo Hijo de
este Labrador soberano, que dijo de su Padre: “Mi
padre es un granjero”, mandó a sus apóstoles, y en ellos
a todos sus ministros, que recogiesen ese trigo en sus graneros: “Recoge
el trigo en mi granero”.
Muchos obreros pusieron el Señor en el dilatado campo de su iglesia,
según las diversas fatigas para que son necesarios: a
unos encargó el disponer la tierra con santas persuasiones; a otros el
sembrarla de acertadas doctrinas; a otros el limpiarla de las malas yerbas que
produce la perversa humana inclinación; a otros el regarla con los consuelos
espirituales, y así dispuso que no faltase ministerio alguno; pero la última
perfección de esta obra, la corona de estos trabajos, y el buen logro de todos
ellos (sea gloria especial de mi religión sagrada), solo lo encargó a los que con particular espíritu asisten
en ocasión mas fatigosa de recoger la mies, y ponerla en lo seguro de la
gloria. Así quiere la Bondad suma que baya ministros singularmente
diputados a tan importante ejercicio.
Pues si según lo dicho es de tanta estimación este piadoso oficio, ¿cuál
disposición será necesaria en quien le tiene? ¿Qué celo de la salud de las
almas será bastante? ¿Qué limpieza de conciencia, no solo para la
administración de los santos sacramentos, si no es también para las asistencias
hasta el último instante? ¿Cómo oirá Dios al que asistiese (no lo permita su
infinita bondad) siendo su enemigo? O ¿cómo guerreará con la oración contra el
común enemigo quien por el pecado es habitación inmunda del que pretende
ahuyentar? Ni
parece posible que pueda atender a la salvación ajena el que no cuida de la
propia; o ser luz para el enfermo el que miserablemente se halla en tinieblas.
Por eso será razón que procure con todo
cuidado limpiar su conciencia y ponerse bien con el Señor quien en este
ministerio quiere servirle, y antes de dar pasos materiales, sea el primero
espiritual una buena confesión o contrición fervorosa, para que de esta suerte vayan todos acertados, pues así
lo dicta la razón de lo mismo que va a ejercitar, y así vemos que lo hacen los
que con santo celo siguen este loable instituto; y puedo asegurar de algunos de
nuestra santa familia, tan temerosos de Dios, y celosos de no errar materia de
tanta consecuencia, que no se atreven a cumplir con este ministerio sin
reconciliarse primero de la más leve culpa venial, si con ella se reconocen.
De cuya disposición y pureza de la propia conciencia procede el celo más
fervoroso; el despreciar los fríos de un invierno, los calores de un verano, la
falta de dormir, y otras muchas incomodidades que trae consigo la continua
vigilancia con que dia y noche ha de estar el ánimo pronto a esta obra, a está obra
ejercitada conforme lo pronto del ánimo; que si muchos con penosas fatigas y
trabajos inmensos , dejando el regalo de la dulce patria, pasan esos dilatados
mares por ir al nuevo mundo, a solicitar el bien de tanto bárbaro idiota; no
menos gloriosa empresa tenemos en estas indias, que la caridad nos enseña dentro
de las puertas de casa. Anímense pues, todos a tan grande piedad, y esperen de
aquel Señor, que no puede faltar en sus promesas, que hallarán otro tanto a la
hora en que todos afligidos, perturbados y pobres de todo consuelo necesitamos
del más fiel amigo, que: “Porque la misma medida
con que medirás te será medido”.
POR EL M. R. P.
BALTASAR BOSCH DE CENTELLAS Y CARDONA
Clérigo reglar, Ministro de los enfermos.
(1866).
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